Mediante este texto, Guillermo Máynez Gil rescata uno de los pasajes fundamentales de las Memorias de Giacomo Casanova, su encarcelamiento y fuga. En él, dice de alguna forma Máynez Gil, habita una de las piezas literarias e históricas más representativas y picarescas de la doble moral que caracterizaba a la Venecia del siglo XVIII: una franja ambigua entre el fanatismo religioso y el racionalismo ilustrado.
Distracciones: el camino a Los Plomos
El 26 de julio de 1755, Giacomo Casanova, de 30 años, fue arrestado en Venecia en casa de una viuda donde desde hacía unas semanas rentaba una habitación. La viuda, cuyo nombre no nos proporciona Casanova en sus Memorias, tenía dos hijas, la mayor de las cuales padecía una enfermedad misteriosa que la tenía lánguida. Su médico era el Dr. Righelli, un viejo disoluto y amigo del seductor a quien el propio Casanova le había recomendado la casa. Recordemos que en esta época, la primera medida de atención para cualquier enfermedad era la sangría. No obstante que esa práctica, que intentaba expulsar a través de la sangre el humor maligno ocasionaba una mayor debilidad en el paciente y que a mediados del siglo XVIII algunos médicos la atacaron como contraproducente, la sangría era común en la medicina de entonces. Ante el alarmante deterioro de la enfermita a la que se le sometía a esa terapia, Casanova aplicó una mejor que no sólo le restauró la salud, sino que le mejoró el ánimo: en pocos días, con un violinista contratado, ambos danzaban alegremente.
Los últimos dos años habían sido particularmente intensos eróticamente, incluso para los estándares del célebre seductor. A su complicada relación con la jovencísima Caterina Capreta, encerrada en el convento de Santa Isabel, en Murano, por su precavido padre, se había sumado otra, aún más escabrosa, con una dama de alcurnia recluida por voluntad propia en el mismo convento y ya muy experimentada a sus 22 años. Esta última se había convertido también en protectora de la chica, a la que cuidó durante un embarazo y un aborto clandestinos.
Su presencia es el mayor misterio de las Memorias de Casanova: es la única amante importante que no ha podido ser identificada por los casanovistas. Giacomo la llama M. M., lo cual es muy poco para dar con su identidad. Se sabe solamente que era noble y amante del embajador de Francia, el libertino abate Bernis. Aunque Caterina estaba supuestamente muy vigilada, Casanova se comunicaba con ella por medio de Laura, una criada de la chica que vivía en Murano y asistía regularmente a las misas del convento, donde era observado ansiosamente por las monjas que presenciaban el oficio detrás de unas celosías. Pronto empezó a recibir cartas de la misteriosa M. M. y, tras algunas salidas falsas, por fin lograron pasar noches de fiesta en Venecia, entre casinos y discretos apartamentos.
Otro misterio relacionado con esta mujer es por qué, si era tan lujuriosa y amante de la diversión, se había recluido voluntariamente en el convento. Como su nombre, tampoco se sabrá nada al respecto. En cualquier caso, ella le confesó que era amante de Bernis, quien la conducía personalmente a sus citas de amor con Casanova y ponía a su disposición su departamento de soltero, convenientemente situado a la vuelta del convento. Casanova supo después que Berni asistía a sus encuentros eróticos detrás del escondite de una mirilla y, bendito siglo XVIII, nunca hubo problemas.
Venecia era entonces una especie de las Vegas de la Europa ilustrada en la que algunos conventos, como el que alojaba a Caterina y a la misteriosa M.M, combinaban el ascetismo y la oración con bailes de máscaras; muchas novicias y monjas se lanzaban incluso a gozar de las noches locas de aquella ciudad. Cierto día, Casanova asistió disfrazado de Pierrot a uno de esos bailes de máscaras organizado en el convento. Después de departir acudió a su cita con M.M en el departamento de Bernis. Allí se encontró con también con Caterina. Al principio, indignado y confundido, se retiró, para luego, confrontado con M.M, que le bajó sus humos moralinos, volvió para disfrutar entre los cuatro de amenas veladas de sano esparcimiento.
La felicidad duró poco. A Bernis se le retiró de la embajada, el uso del apartamento se volvió muy riesgoso, pues junto con él se irían los fieles servidores que protegían la secrecía de los encuentros, y M.M cayó gravemente enferma. Para estar cerca de ella, Casanova rentó un piso en Murano, donde lo atendía Tonina, la hija quinceañera de la dueña, que, tras 48 días de abstinencia, logró seducirlo. Poco después Tonina pasó a ser amante de Murray, el embajador inglés (podría decirse que fueron los años dorados de la diplomacia), y Casanova fue consolado por la hermana menor, Barberina, de catorce años. Luego vino la altruista curación de la hija de la viuda.
Al tiempo que la curaba, Giacomo recibía las visitas frecuentes de Manuzzi, un latoso servil que lo consultaba sobre textos esotéricos y le pedía ayuda para encontrar compradores para su biblioteca de textos prohibidos, relacionados con la magia negra, el ocultismo y otros temas riesgosos. Aun cuando Casanova, un verdadero ilustrado, no creía en ello, utilizaba esa literatura para engañar tontos, lucrar con ellos y divertirse a sus costillas. Esa práctica fue un buen pretexto para que sus enemigos se deshicieran de él. Entre ellos estaban el abate Chari, dramaturgo fallido del que Giacomo se había burlado inmisericordemente, y su íntimo amigo Condulmer, el Inquisidor Rojo del Consejo de los Diez, encargado de vigilar la moral pública. Delatado por Manuzzi, que en realidad era un espía de la Inquisición, y alertado varias veces por su amigo Bragadín sobre los rumores que corrían sobre él, Casanova, distraído por sus intrigas amorosas y pendiente de la salud de M.M., no hizo caso.
Los Plomos: encierro, traslado y fuga
Así, el 26 de julio, al despuntar el alba, a Casanova se le detuvo y condujo a Los Plomos, la famosa cárcel situada en las buhardillas del Palacio Ducal de Venecia. Su celda y las del piso inferior eran recintos carcelarios de privilegio. En los sótanos del Palacio Ducal, las mazmorras, con la marea alta, se llenaban de agua, ratas e inmundicias. Muy poco de los prisioneros recluidos en ellas salían vivos y menos aún cuerdos. Casanova nunca supo por qué se le otorgó esa celda privilegiada, ni quién ni de qué se le acusaba: tampoco hubo juicio, lo que dice mucho sobre el sistema de justicia de la Serenísima. Lo único que se puede especular es que sus coqueteos con el ocultismo y su vida disoluta, que necesariamente hería susceptibilidades, así como su ateísmo explícito, le crearon poderosos enemigos. Ya antes, a los quince años, había estado preso en la fortaleza de San Andrés.
Las páginas que siguen de las Memoires o de la Histoire de ma vie,1 es el relato de su fuga. Su descripción no sólo es fascinante, es también la única descripción que hay de ese sitio en todo el siglo XVIII. Su valor, más allá de lo anecdótico, revela mucho del funcionamiento íntimo del muy complejo y original sistema de gobierno veneciano, una oligarquía mercantil que durante un milenio llevó a cabo con éxito un experimento a la vez oligárquico y democrático, de libertades sociales y represión política, que a cambio de otorgar a sus ciudadanos, habitantes y visitantes manga ancha para lucrar, crear arte y divertirse, exigía el monopolio del poder político y una fachada moralista que todos aceptaban con la más alegre de las hipocresías.2 Es, además, el pasaje más famoso y relevante de su autobiografía; una pieza de análisis carcelario, catálogo de ejemplos de la vida criminal en Venecia y sus alrededores, de tipos humanos que caían en sus calabozos y una pieza ejemplar de la picaresca francesa del siglo XVIII.
Casanova estuvo quince meses en Los Plomos (llamada así por el material que recubría el tejado del palacio), al principio en confinamiento solitario y luego con compañeros del más diverso, y con frecuencia desagradable, pelaje.
Durante su estancia dio muestras de un comportamiento dócil y amigable con su carcelero, Laurent (probablemente Lorenzo, pues nuestro autor galiciza los nombres propios). Analfabeto y muy probablemente antiguo delincuente de poca monta, casado con una mujer atractiva, cuyos favores facilitaba a sus superiores para obtener un buen trato, Laurent, tras varias semanas de intimar con Casanova, le permitió pasear por la sala adyacente a la celda en donde, en gran desorden, se acumulaban cachivaches. Entre ellos encontró una barra de acero que se llevó y, a lo largo de varias semanas, afiló en punta. Bajo su camastro, adosado a la pared, comenzó a excavar un agujero, tarea lenta y penosa pues, bajo la duela, el piso era de un tosco mármol.
Para que Laurent no descubriera el hoyo, Casanova prohibió que barrieran su celda; cuando otro de sus compañeros insistió, la treta fue descubierta y el preso trasladado al piso inferior, a una celda mejor iluminada y con techo más alto. Logró, sin embargo, ocultar la barra de hierro en un sillón, y tan pronto estuvo instalado comenzó de nuevo a buscar la manera de escapar.
Por medio de engaños, logró entablar correspondencia con un preso del piso superior, un monje llamado Balbi, con quien se puso de acuerdo para fugarse. Después de sortear la llegada de Sordaci, un espía y calumniador profesional, analfabeto y supersticioso, al que Casanova dominó por medio de las artes ocultas –lo convenció de que un ángel bajaría del cielo para rescatarlos–, subieron a la celda del muy poco angélico Balbi, que compartía con el conde Asquin, un gordo cobarde; finalmente, la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre de 1756, Balbi y Casanova treparon al techo de Los Plomos donde pasaron una noche infernal hasta que lograron fugarse por la puerta del palacio ducal.
El relato pormenorizado de la fuga es al mismo tiempo una pequeña novela de aventuras y una descripción minuciosa de las entrañas del palacio, inaccesibles a los turistas, así como una muestra del ingenio y la audacia de uno de los mayores y más simpáticos aventureros de la historia.
Unos días después, ya desembarazado del idiota de Balbi, Casanova llegaba a la frontera entre Venecia y Trento, listo para seguir con su agitada vida.
1 A pesar de ser veneciano, Casanova escribió su autobiografía en francés. La historia editorial de su obra es casi tan novelesca como su propia vida, y durante muchos años no fue posible contar con una edición completa y sin censura. El primer título se refiere a la edición de Laforgue, que la retradujo del alemán y censuró o suavizó, con mojigatería, las partes más escabrosas, además de insertar sus propias opiniones sobre temas políticos y morales. No fue sino hasta los años 1960 que la editorial Brockmann liberó los manuscritos originales, que Gallimard publicó bajo el segundo título. Es la edición más recomendada.
2 Recomiendo en particular A History of Venice, de John Julius Norwich, Penguin, 2003.
