Número 24. Infiernos hospitalarios

Escribir contra la indiferencia

Luis Xavier López-Farjeat
Reseña

Carlos Martínez Assad, En la tierra todo pasará y también en Medio Oriente. México: Ediciones del Lirio, 2026.

En la tierra todo pasará y también en Medio Oriente es un ensayo de “historia del tiempo presente” que asume, desde las primeras páginas, un problema metodológico y moral: ¿cómo narrar lo que todavía está ocurriendo, cuando la realidad se impone con tal velocidad y violencia que parece abrumar la posibilidad misma de comprender? Martínez Assad comienza el libro declarando esa dificultad (“Resulta difícil hacer historia del tiempo presente…”), lo cual le lleva a justificar el peso deliberado otorgado a lo largo del libro a las fuentes periodísticas y a los testimonios que circulan en tiempo real en la esfera pública global. Esa elección también es una forma de intervenir en el debate ético sobre la guerra y sus efectos: “no hay nada peor que la indiferencia”, escribe. Así, el libro se lee como un intento de ordenar el caos, resistirse al conformismo y sostener —contra la anestesia informativa— una atención prolongada al dolor y a las decisiones políticas que lo producen.

La tesis que atraviesa este libro puede formularse de manera sencilla: la idea de que el mundo vive una “paz prolongada” es una ilusión peligrosa. No sólo porque después de 1945 las guerras no han cesado, sino porque en el primer cuarto del siglo XXI la humanidad se ha familiarizado con la muerte y la destrucción a una escala que amenaza con normalizar lo intolerable. La guerra, sugiere Martínez Assad, se ha vuelto paisaje; y cuando eso ocurre, el combate ya no es sólo entre ejércitos o milicias, sino también dentro de las conciencias: aceptar la guerra como algo “natural” es volverse parte de su infierno.

Con esa premisa, Martínez Assad traza un recorrido que no se limita a un país ni a una coyuntura. Aunque el foco de atención es Medio Oriente, el libro dialoga de manera constante con otras guerras (en particular la invasión rusa de Ucrania), con desplazamientos masivos, con tensiones geopolíticas y con formas culturales que representan —y a veces encubren— la violencia. Martínez Assad propone que el lector mire el conflicto como un tejido: lo que sucede en Gaza, en Siria o en el sur del Líbano no puede comprenderse sin atender a los modos en que se produce la información, a los intereses energéticos, a las alianzas regionales, a los imaginarios religiosos y a la industria global de armamento. El resultado es un libro de vocación panorámica: su ambición no es cerrar el tema, sino abrirlo con datos, escenas, preguntas y conexiones que obligan a pensar.

El libro está organizado en cuatro grandes apartados. El primero se titula “La falsa idea de la paz prolongada”; el segundo, “Las representaciones de la guerra”; el tercero, “Aceptar y volverse parte del infierno”; y el cuarto, “Un mundo en guerra”. En cada parte, los capítulos se ordenan con letras, pero Martínez Assad también intercala algunas secciones a manera de “ventanas” narrativas, como cuando discute la censura de una película (Farha), o cuando detiene el argumento para contar un relato específico (“Imán Abou Chadi”, “Los niños Bibas”, “Haniyé o la obligación de asesinar”). Esta clase de ventanas parentéticas —por llamarles de alguna manera— hace que el libro trascienda el plano meramente explicativo, involucrando al lector en una especie de experiencia a través de la cual cobra sentido la cantidad de información proporcionada a lo largo del libro.

El primer apartado funciona como un prólogo histórico‑geopolítico. En “Lejos de la aceptación”, Martínez Assad vuelve a la bomba atómica: Hiroshima y Nagasaki aparecen como recordatorio del punto extremo al que puede llegar la guerra moderna, y como advertencia de que el “final” de una guerra puede contener el germen de muchas otras. Enumera el mapa nuclear contemporáneo, observa la persistencia de arsenales y la paradoja de premios de paz entregados a líderes cuyas administraciones no registraron “un sólo día” sin guerra. La intención no es hacer una historia total de la posguerra, sino cuestionar la creencia extendida de que el mundo habría vivido desde 1945 una larga estabilidad. Al contrario: Indochina, Argelia, Palestina y luego múltiples frentes muestran que la guerra se desplazó, cambió de forma y se regionalizó; a la vez, la amenaza de destrucción total quedó instalada en el horizonte.

Desde allí, el libro se adentra en un tema que suele considerarse una “consecuencia” de la guerra y la violencia: la migración forzada. Las secciones sobre muros, odio, barbarie, refugiados y muertes en el Mediterráneo construyen una idea incisiva: las guerras no se quedan en su geografía inicial; expulsan cuerpos, reconfiguran fronteras y ponen a prueba la ética y la política de los países receptores. Martínez Assad traza un paralelismo con las migraciones latinoamericanas y centroamericanas hacia Estados Unidos para recordar que el desplazamiento no es un fenómeno ajeno a México; forma parte de un mismo mundo de desigualdad y violencia. Uno de los aciertos del libro es el modo en que Martínez Assad conecta la imagen con la responsabilidad: no basta con la fotografía del naufragio ni con el conteo de ataúdes en Lampedusa; hace falta preguntar: “¿quién se hace responsable?”. La pregunta resuena porque desplaza el foco del drama humanitario hacia la arquitectura política que lo produce: acuerdos migratorios, políticas de contención, discursos que convierten al refugiado en amenaza, y muros —literalmente— de arena o de alambre, construidos para preservar un “adentro” a costa de un “afuera” precarizado. El Mediterráneo, antes símbolo de civilización y romanticismo, se vuelve cementerio: esa inversión simbólica resume el diagnóstico del bloque.

La parte final del apartado, “Los refugiados en la literatura de… esos extranjeros”, introduce un asunto que será fundamental en la segunda parte: la guerra y el exilio no sólo se viven; también se narran. Y esas narraciones —novelas, ensayos, testimonios— forman parte del combate por el significado. Al incorporar literatura, Martínez Assad deja ver que el tema migratorio no es tan sólo un asunto de política internacional, sino también de memoria, lenguaje y representación. El segundo apartado es, en muchos sentidos, el corazón conceptual del libro. “Las representaciones de la guerra” propone que los conflictos contemporáneos no se definen sólo en el terreno militar, sino también en el campo simbólico: arquitectura, religión, cine, música, medios, redes sociales y discursos nacionales compiten por imponer una interpretación.

El capítulo sobre Santa Sofía abre con una afirmación contundente: el pasado turco no es sólo otomano y la historia otomana no es sólo turca. Ese epígrafe prepara el terreno para hablar de Turquía como bisagra entre Oriente y Occidente y como escenario de un autoritarismo creciente. La conversión o resignificación de espacios sagrados, la política identitaria, y la instrumentalización de conceptos como “terrorismo” para descalificar oposiciones aparecen como mecanismos mediante los cuales el poder disputa la memoria. El problema no es sólo quién gobierna, sino qué relato de nación se impone.

“Los llamados de la guerra” e “Historias irreconciliables” continúan ese hilo: las guerras se alimentan de narrativas que se niegan mutuamente, y a menudo el conflicto se vuelve irresoluble porque cada lado se cuenta a sí mismo como víctima total y al otro como amenaza esencial. Martínez Assad insiste en que el Medio Oriente es un laboratorio de esa irreconciliabilidad: la historia no opera como pasado cerrado, sino como archivo en uso político permanente.

El capítulo “La guerra de Occidente contra Rusia” amplía el foco hacia Ucrania y muestra un rasgo decisivo del presente: la guerra puede ocurrir en un territorio, pero su escenografía mediática y económica se despliega a escala global. Martínez Assad describe sanciones, boicots culturales y deportivos, y el modo en que la guerra se vuelve un show informativo, con líderes convertidos en celebridades que viajan y son recibidas con protocolo de paz, mientras sus países arden. La modernidad tardía ha vuelto posible una simultaneidad perturbadora entre la destrucción y la normalidad. La guerra convive con festivales de cine, con TikTok y con la economía global, y esa convivencia altera nuestra capacidad de indignarnos.

En “De los antagonismos y las otras guerras”, el libro recuerda que la agenda mediática suele centrarse en pocos conflictos, mientras que otros arden con menor visibilidad. Esa dispersión es parte del “manto de oscuridad” de la historia del presente: no es que falte información, sino que sobra, y en la saturación, muchas violencias quedan fuera de foco. La sección dedicada al Líbano (entre la tragedia y la falta de certezas) es, a mi juicio, una de las más interesantes. Martínez Assad muestra, a partir del caso del Líbano, que un país puede ser pequeño en términos de territorio y enorme en términos de densidad histórica. Martínez Assad analiza la crisis política, la explosión de Beirut, la fragilidad institucional, el papel de actores religiosos y de partidos políticos, y la tensión permanente entre la soberanía y la tutela externa. El Líbano aparece como metáfora de la región: pluralidad, fragilidad, intervención extranjera y un equilibrio siempre a punto de romperse.

En medio de esa discusión, “El arte de contar la historia con música” funciona como clave de lectura: la música (y en particular la ópera) es una forma de narrar tragedias colectivas, de condensar pasiones y dilemas morales. Cuando el libro se detiene en personajes operísticos y en la posibilidad de un “drama digno de una ópera”, sugiere que la guerra contemporánea, aun con su tecnología, sigue siendo un teatro de emociones humanas: amor, venganza, miedo, fanatismo, esperanza. La cultura no es un adorno; es una herramienta para pensar lo político.

“Frontera de guerra”, “Los judíos de Líbano” y “El frágil cese al fuego” profundizan en la dimensión regional. La frontera con el Líbano, la relación con Hezbolá, las escaladas y las treguas frágiles, así como la historia de las comunidades (como la judía libanesa) muestran la complejidad de identidades y memorias cruzadas. El “cese al fuego” aparece como un paréntesis y no como una solución: una suspensión precaria que no resuelve la raíz del conflicto. “Aceptar y volverse parte del infierno” es el apartado que acumula la mayor densidad emocional y política. El punto de partida es “Palestina‑Israel” y, desde allí, se despliegan episodios y reflexiones que abarcan desde la censura cultural hasta la geopolítica regional.

Martínez Assad aborda el caso de la “censura de Farha por parte de Netflix”. La película —que aborda una experiencia palestina en 1948— se convierte en un caso ejemplar: el campo de batalla ya no es sólo Gaza o Cisjordania; es también la plataforma global de streaming, la opinión pública y la memoria histórica. Censurar una película significa intentar controlar el relato y controlar el relato es controlar la legitimidad. En “La reforma de la justicia y el rechazo”, Martínez Assad vuelve la mirada al interior de Israel para mostrar que la guerra externa convive con la crisis institucional. Las tensiones en torno al poder judicial, las protestas y el conflicto entre proyectos de país se leen como parte de la misma trama que define el trato hacia los palestinos: no se puede comprender el conflicto sin analizar la política interna israelí y su evolución hacia un nacionalismo cada vez más radical.

Siria aparece en dos secciones (“¿Cuál porvenir?” y “La incógnita”), y allí el libro enfatiza la dimensión de la ruina prolongada: un país devastado no se reconstruye sólo con el fin formal de las hostilidades. La guerra deja territorios fracturados, múltiples actores armados y una sociedad marcada por el exilio. La pregunta “¿Cuál porvenir?” no se responde con facilidad; se mantiene como una interrogación abierta. “Golán. La muerte en un campo de fútbol” es un subapartado que condensa lo absurdo: un espacio de juego convertido en escenario de muerte. Martínez Assad entiende que, para captar la guerra, a veces hace falta salir de los grandes mapas y mirar el detalle: un campo deportivo, una familia, una calle. Allí la guerra se revela como lo que es: la interrupción brutal de la vida cotidiana. A partir de “Volver a empezar”, el libro despliega un registro casi circular: la región parece condenada a repetir la violencia una y otra vez. La frase que aparece más adelante (“hasta que todo vuelva a empezar”) funciona como estribillo de la desesperanza contemporánea. “Haniyé o la obligación de asesinar” intensifica esa lógica: el asesinato selectivo se vuelve una práctica política y, al hacerlo, no sólo elimina a líderes, sino que también elimina posibilidades de negociación. La guerra se alimenta de su propia reproducción.

En “La guerra no termina en Gaza”, “La victoria de Israel”, “La fragilidad del alto al fuego” y “La propuesta árabe para reconstruir Gaza”, Martínez Assad aborda las dimensiones estratégica y diplomática del conflicto. No se trata sólo de quién gana militarmente; se trata de qué mundo queda después. La reconstrucción no es un acto técnico; es un acto político: ¿quién administra, quién financia, quién decide qué es Gaza? En esa pregunta se juega el futuro de la vida palestina y la posibilidad (o imposibilidad) de un Estado. Los apartados “Nuevas expresiones sociales de la guerra” y “Los niños Bibas” muestran otro rasgo del libro: la atención a los símbolos emocionales que circulan en redes y medios. La guerra produce historias que se vuelven emblemas —niños, familias, imágenes— y esos emblemas pueden movilizar compasión, odio o propaganda. Martínez Assad entiende que la emoción forma parte del conflicto y que la moral pública también se disputa en la selección de qué historia se cuenta.

“Europa no ha hecho lo suficiente para detener a Israel” y “El papa Francisco en Medio Oriente” señalan un punto neurálgico: la responsabilidad internacional. El ensayo critica el “eco” de frases oficiales (“derecho de Israel a defenderse”) cuando se omite la parte relativa a la “proporcionalidad” y al respeto al derecho internacional. Allí, el texto se convierte en una acusación contra la diplomacia vacía y la incapacidad de las instituciones internacionales para imponer reglas a los poderosos. “El ensayo estratégico de Irán y la supremacía de Israel” centra el foco en el juego regional: Irán, Arabia Saudita, alianzas, milicias y la competencia por la hegemonía. El lector comprende que Gaza es el epicentro, pero no el único escenario. La región entera es un tablero en el que se cruzan intereses religiosos, energéticos y de seguridad. Martínez Assad sabe que, sin historias como la de “Imán Abou Chadi”, un líder religioso que huye con su familia y pierde a decenas de seres queridos bajo los misiles, se corre el riesgo de hacer de la guerra algo demasiado abstracto. El “infierno” del título no es una metáfora vacía: es la sensación de vivir bajo bombardeo, de despertar entre escombros, de contar cadáveres propios.

La cuarta parte, “Un mundo en guerra”, funciona como síntesis y proyección. “El poder de las armas” sitúa la guerra en el terreno industrial y tecnológico: el conflicto no se sostiene sólo por ideología; se sostiene por cadenas de suministro, por industrias, por economías de guerra. La violencia es también mercancía. En el centro de esta cuarta parte aparece “El atentado terrorista suscrito por Netanyahu”, que narra una ola de explosiones de dispositivos (bípers y walkie‑talkies) en Líbano y Siria. El episodio, por su carácter indiscriminado y por afectar a civiles, sirve para mostrar cómo la guerra contemporánea invade la vida cotidiana con artefactos invisibles, como si el cuerpo mismo fuera un campo minado. La idea de “terror” no se reserva a un bando; se analiza como método. Luego, “El imposible Estado palestino” y “¿Pueden los palestinos constituir una nación?” abordan el dilema político central: si la solución de dos Estados se repite como mantra diplomático, ¿qué condiciones reales la hacen posible? ¿Qué significa “nación” cuando hay fragmentación territorial, ocupación, diáspora y desigualdad de poder? Martínez Assad no ofrece respuestas cerradas; pone sobre la mesa la complejidad histórica y la asimetría actual.

“Escenarios futuros” es quizás la sección más arriesgada. En ella se ensayan hipótesis sobre la continuidad de la guerra, ocupaciones, desplazamientos, crisis económicas, impactos ambientales y cambios geopolíticos que incluyen a China, a Turquía o a un “Gran Medio Oriente”. Este ejercicio de prospectiva no pretende adivinar; pretende mostrar que, incluso cuando los actores hablan de paz, muchos escenarios plausibles apuntan a una guerra permanente. El capítulo es, en ese sentido, una advertencia: no basta con desear la paz; hay que construir las condiciones materiales y políticas que la permitan. La “Infografía: el proyecto de dos Estados” funciona como un recordatorio histórico: desde la Declaración Balfour hasta la actualidad, la idea de dos Estados ha sido una promesa repetida y postergada. Ponerlo en el eje temporal revela la acumulación de fracasos, ambigüedades y decisiones que han erosionado la viabilidad del proyecto.

La conclusión dialoga explícitamente con Amin Maalouf, cuyo epígrafe abre el libro. Martínez Assad recupera su idea de que la desintegración de las sociedades plurales del Levante produjo una “degradación moral” que ahora afecta a toda la humanidad. El Levante aparece como símbolo de un mundo que perdió su pluralidad y pagó el precio en violencia sectaria, expulsiones y resentimientos. En esa misma línea, Martínez Assad señala cómo la historia del siglo XX —imperios que caen, potencias que reparten territorios, saqueo petrolero, creación de Israel, derrotas árabes como la de 1967— dejó heridas que aún estructuran el presente. La guerra, entonces, es continuidad histórica.

Como todo libro  ambicioso, En la tierra todo pasará… tiene puntos discutibles. El primero es el riesgo de que la dependencia de fuentes periodísticas —aunque sea inevitable en la historia del presente— arrastre sesgos en la cobertura, en las agendas mediáticas y en las asimetrías en el acceso a la información. Martínez Assad es consciente de ello y busca diversidad de fuentes, pero el lector debe recordar que ni siquiera la pluralidad de medios garantiza la neutralidad: las guerras contemporáneas también se libran como guerras informativas.

Este libro llama a la indignación moral. Y ello, sin duda, es necesario. No obstante, ello puede conducir —si el lector no está alerta— a una lectura desesperanzada. El peso de la destrucción es tan grande que el libro puede resultar emocionalmente duro. Tal vez sea inevitable: escribir contra la indiferencia exige incomodar.

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