Con motivo de la versión modernizada de El Quijote, llevada a cabo en 2015 por Andrés Triapiello, Rafael Jiménez Cataño, profesor de retórica en la Universidad de la Santa Cruz en Roma, Italia, nos entrega una delicada reflexión sobre al arte de la traducción bajo las transformaciones que sufre una lengua en el tiempo y el espacio. Entre las obras de Jiménez Cataño destacamos Arte y vida en Octavio Paz y La debilidad del poder creador.
Las traducciones tienen una vigencia temporal debido a la evolución de los idiomas. El fenómeno es más visible cuando una obra se traduce muchas veces a lo largo de los años, como sucede con las grandes obras, obedientes al mecanismo de la selección natural. Si uno lee a san Francisco de Sales en la traducción de Quevedo, una noción tan ordinaria en el campo espiritual como la de recogimiento podría requerir un poco de reflexión para descubrirla bajo el nombre de retrete espiritual (retraite spirituelle). En esto quien lee una traducción a veces está en ventaja sobre quien es capaz de leer el original, porque una gran obra generalmente no se retoca, sobre todo si es literatura pura.
Por este motivo, cuando supe de una edición del Quijote “en castellano actual”, que ya cumplió once años, mi reacción instintiva fue de sospecha. Luego, en parte por saber que personas que estimo valoraban positivamente la edición, en parte por saber que el editor era Andrés Trapiello, me interesé, la adquirí, ya terminé la primera parte y estoy bastante satisfecho. Ahora que se cumplen 410 años de la muerte de Cervantes y 400 de la publicación de La vida del Buscón de Quevedo, la coyuntura es una invitación que no quiero desdeñar.
Una lógica que chirría
Más que una reflexión sobre el valor de adaptaciones como ésta, quisiera compartir las impresiones que viví y estoy viviendo en la lectura. La actualización es muy discreta, nada que ver con la versión en spanglish de alguien of which nombre no quiero remembrearme. El español sigue siendo clásico y exigente, sólo que sin los escollos de léxico y de sintaxis que vuelven algunos pasajes muy misteriosos y que con frecuencia son la causa de que la lectura se suspenda. Por ejemplo, la expresión puesto que no tiene valor causal sino adversativo, como aunque. Al no sentir uno que está ante una palabra desconocida, la confusión no se aclara y la frase queda con un carácter de misterio que bien se podía haber evitado. Sucede esto cuando leemos que en una venta “dieron la cabecera y principal asiento, puesto que él lo rehusaba, a don Quijote” (I, 37), que da la impresión de que se hace por llevarle la contraria, y basta sustituir con aunque para que la situación nos parezca del todo razonable. Éste es, de hecho, el único retoque de la versión actualizada. De manera semejante, de un cierto adeudo se dice que “lo pagó don Fernando, puesto que el oidor, de muy buena voluntad, había también ofrecido la paga” (I, 46). Aquí el tono es parecido, con la añadidura de una imposición, casi prepotencia. En este caso cambian también otros términos que son menos familiares en la actualidad: “aunque el juez, de muy buena gana…”
“Basta poner las oportunas notas”, cabría pensar, pero las ediciones cargadas de notas son uno de los motivos de abandono de la lectura. Además, es mucho optimismo pensar que, una vez hecha una aclaración, el lector la recordará hasta el final del libro, y repetirla cada vez que aparece una palabra, a veces muy usada, termina agotando.
Leer el Quijote en México
Soy consciente de que mi lectura no entra en la media. Un buen número de los comentarios que se han hecho a esta puesta al día son testimonios de lectores que no habían podido con el Quijote original. En 2024 se hablaba de unos doscientos mil lectores que por primera vez lo habían leído gracias a esta edición (Manso, 2024). Un desahogo muy interesante, de Jacobo Zanella, habla de diversos intentos fallidos, con la sorpresa de haberlo después descubierto y apreciado en inglés, que se lo reveló “cálido, gracioso, relevante”, cualidades que no encontró en el siguiente intento de lectura en castellano, hasta que la versión de Trapiello se lo mostró finalmente vivo, vivísimo. Zanella cita a Edith Grossman, la traductora de la edición inglesa que había leído: “Cuando Cervantes escribió el Quijote, su lenguaje no era arcaico o pintoresco, lo escribió en un español moderno, de su tiempo, que reflejaba y al mismo tiempo moldeaba la manera en que el lector experimentaba el mundo. Esto significaba que yo no tenía que encontrar una voz especial, anacrónica o que se escuchara como del siglo XVII, sino que podía traducir su escritura, increíblemente magnífica, al inglés contemporáneo”).
Es una buena explicación de lo que vale el trabajo de poner al día un lenguaje. Ahora bien, mi experiencia fue muy distinta, ya que yo había leído el Quijote al menos tres veces integralmente, más un sinfín de capítulos sueltos. Sueltos es un modo de decir, porque es muy difícil leer un capítulo sin quedar enganchado para otros más. También había hecho otros ejercicios de lectura parcial, como el de saltarme todas las historias intercaladas para seguir únicamente los sucesos del viaje del caballero y su escudero.
Mientras leo ahora la nueva versión, tengo siempre a la mano alguna de las ediciones anteriores, porque con frecuencia quisiera saber cómo se decía algo. Algunas de esas consultas han coincidido con expresiones que cabría llamar “mexicanismos de Cervantes”, porque son expresiones ordinarias en México que en una edición española necesitan de nota aclaratoria. “La provincia lingüística siempre es retardataria”, afirmaba Alfonso Reyes sintetizando, tal vez sin querer, las normas espaciales de la lingüística de Matteo Bártoli (1943). Es la vida de una lengua que no sólo evoluciona en el tiempo, sino que se extiende en territorios que le dan nuevas configuraciones, riqueza y esplendor.
Así pues, al empezar su primera salida, don Quijote vivió un día entero sin que le sucediera nada,
de lo cual se desesperaba, porque estaba deseando topar cuanto antes con quien probar el valor de su fuerte brazo (I, 2).
Al leer esto, algo sonó en mi interior: la campanita que señala algo que se recuerda. Voy a la versión original y, en efecto, era un pasaje muy familiar para mí:
Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo.
Para un lector no mexicano es oportuna una nota, y normalmente no faltará en todas las ediciones anotadas, o bien, como es el caso que nos ocupa, tendrá directamente la traducción en un español menos localizado, o localizado en la península. La misma expresión se encuentra en varios lugares del Quijote, de los que menciono sólo uno más:
Hermano, si sois cristiano, como parecéis, por amor de Dios os ruego que encaminéis luego luego esta carta al lugar y a la persona que dice el sobrescrito, que todo es bien conocido, y en ello haréis un gran servicio a Nuestro Señor (I, 27),
donde la nueva edición simplemente sustituye el luego luego por sin tiempo que perder.
Evolución del castellano
Naturalmente, hace falta una buena dosis de rigor metodológico para no llegar a conclusiones sobre el castellano del siglo XVII sin antes consultar la versión original. Se lee en la nueva versión, por ejemplo:
—¡Apaga y vámonos! —dijo a este punto el barbero— (I, 47).
Creo que no es una expresión viva en el habla de México. El Diccionario de la Academia la explica: “Ante un determinado hecho o situación, se usa para dar algo por terminado considerando que no hay solución posible”. Quizá uno se la habrá oído a un español, y al leerla aquí pensará que se usaba desde el Siglo de Oro. No puedo asegurar que no, pero de hecho el texto original dice:
—¡Adóbame esos candiles! —dijo a este punto el barbero—,
frase que el DRAE no aclara ni bajo adobar ni bajo candil. La edición anotada por Martín de Riquer dice que equivale a “Qué disparate”. En efecto, el barbero reacciona a una intervención de Sancho que ensarta como ciertas muchas de las imaginaciones de don Quijote, como la de que el caballero está comprometido a trabar singular batalla para salvar el reino Micomicón de Etiopía. El matiz no es idéntico, pero lo que en ambos casos se hace es cortar por lo sano.
Otra vez en México
Otra expresión que se traduce es hallarse en el sentido de “estar a gusto”. Aunque a alguno en México le pueda sonar pueblerina, la realidad es que todos la entendemos, lo cual no sucede a todos los hispanohablantes. Cuando Sancho le dice a Teresa, su mujer, que pronto se llevará a su hija a la corte y la casará con un noble:
—Eso no, Sancho —respondió Teresa—: casadla con su igual, que es lo más acertado; que si de los zuecos la sacáis a chapines, y de saya parda de catorceno a verdugado y saboyanas de seda, y de una Marica y un tú a un doña tal y señoría, no se ha de hallar la mochacha (II, 5).
Copio por entero el pasaje actualizado, porque hay más retoques:
—Eso no, Sancho: casadla con su igual, que es lo más acertado; que si de los zuecos la subís a chapines, y de tosca saya parda a sedas y saboyanas, y de una Marica y un tú a un doña tal y señoría, no va a estar a gusto la muchacha.
Algo semejante sucede con la expresión sentirse en el sentido de “ofenderse”, “sentirse ofendido”, que Cervantes usa varias veces en el Quijote:
Y picando la mula pasó delante. Sintióse desta respuesta grandemente don Quijote y, trabando del freno, dijo:
—Deteneos, y sed más bien criado (I, 19).
La nueva versión introduce varios retoques:
Y picando la mula, siguió adelante. Se ofendió grandemente Don Quijote con esta respuesta, y trabando del freno a la mula, dijo:
—Deteneos, y sed más educado.
Y lo mismo sucede en otro pasaje:
—No debe vuestra merced sentirse.
—Si puedo sentirme o no —respondió Don Quijote—, yo me lo sé (II, 1),
donde la nueva versión dice simplemente “No debe vuestra merced dolerse”, y “Si puedo dolerme o no…”
Bien se puede apreciar, sin desdecirnos sobre los méritos del texto en castellano actual, que de los mexicanismos usados por Cervantes no se va a enterar quien lea sólo esta versión, y es de suponer que lo mismo sucederá con otros usos locales dentro y, sobre todo, fuera de España. Creo que no puede ser de otra manera. Actualizar alude a la dimensión diacrónica y, como la evolución de la lengua no es una línea única sino una especie de arborescencia, la puesta al día no puede contemplar todas las ramificaciones. Esto es del todo natural, por lo que explorar la lengua implica tanto ir a sus formas de otros tiempos como ir a las que asume en otros territorios, esos que la actualización no puede cubrir por igual. De algún modo el Quijote puesto al día parece más peninsular que el original. No se trata sólo del léxico, sino también de la sintaxis, como cuando en el texto original se cuenta que un grupo de caminantes se preparaba para comer en un rellano, y en eso
volvían los criados del canónigo, que a la venta habían ido por la acémila del repuesto (I, 50).
¿Alguna singularidad? Según los lectores, podría ser útil una aclaración de los términos canónigo, acémila y repuesto. Pero lo que yo quisiera señalar sólo se percibe cuando se lee la versión puesta al día:
volvían los criados del canónigo, que habían ido a la venta a por la acémila de las provisiones.
“Ir a por” no es una construcción corriente en un hablante mexicano. Algo parecido sucede con el uso que propongo considerar a continuación.
Un matiz local refinado
Una construcción que parece haber creado problemas de puntuación en las diversas ediciones es la que corresponde a un uso interrogativo de qué, muy común en México, con un valor cercano al de “acaso” o “es que…”, donde más que preguntar parece que se formula un pensamiento para que el interlocutor lo contradiga, si así lo desea: “¿Qué te vas a la cama sin cenar?” La entonación deja claro que el qué es parte de la pregunta, no es una exclamación seguida de una pregunta. Esa vocal se suele alargar. Para no inventarme ejemplos, copio dos pasajes de El evangelio según los niños de Joaquín Antonio Peñalosa. Cuando el Niño se queda en Jerusalén mientras el grupo de peregrinos emprende la vuelta a Galilea, se da el siguiente diálogo:
—¿Dónde está Jesús? —le preguntó María.
—¿Qué no andaba contigo? —respondió José
Junto con lo ordinario del tono para una sensibilidad mexicana, es tangible la alarma que se crea.
Otro pasaje de Peñaloza, el de los diez leprosos curados, contiene el siguiente encuentro:
Un leproso, que era samaritano, se regresó, buscó a Jesús, y cuando lo halló, se tiró al suelo desesperado de gusto.
—Gracias, señor Jesús, le contestó:
—¿Qué no fueron diez los que curé?
Las narraciones están escritas por niños, recopiladas por Peñalosa, que dice haber intervenido sólo para correcciones esenciales. En estos dos pasajes se trata de niños varones de 13 y 12 años respectivamente. Son formulaciones que a un mexicano le salen muy espontáneas. En los años noventa un amigo español pasó un tiempo en un colegio de San Luis Potosí. Me contó que una vez un alumno, ante un llamado de atención, le respondió: “¿Qué no soy libre?”, que interiormente tuvo que traducir con acaso o convertir el qué en exclamación.
En el capítulo del Quijote que trata “De la famosa aventura del barco encantado” (II, 29), la señal de haber llegado al ecuador en su travesía mágica debía ser la desaparición de los parásitos del cuerpo, que habrían muerto por el calor. Invitado por don Quijote, Sancho se palpa y concluye que no han llegado, a lo que el caballero replica:
—Pues qué, ¿has topado algo?
Es la versión de Trapiello, donde el qué no forma parte de la pregunta. En las versiones anteriores una frase entre guiones indicaba el personaje que habla y hay variantes en la puntuación, como
—Pues ¿qué? —preguntó don Quijote—. ¿Has topado algo?
en la de Martín de Riquer (1977), pero la edición de Francisco Rico de 1998 (y otras, seguramente) hace una sola pregunta que se abre con el qué, acercándose mucho a la forma mexicana:
—Pues ¿qué —preguntó don Quijote—, has topado algo?
La edición príncipe presenta esta forma:
--Pues que, preguntô don Quixote: has topado algo?
Como se puede ver, las versiones recientes no se limitan a la necesaria actualización ortográfica: el signo interrogativo de apertura, el acento de qué, el acento agudo de preguntó, los guiones de la frase incidental, la jota de Quijote. La maniobra más relevante es la que convierte a veces el interrogativo qué en una exclamación, aunque esté entre interrogaciones. O, si se quiere, lo convierte en pregunta independiente, distinta de la que viene después: “¿Has topado algo?” La versión de Francisco Rico está más cerca de la primera edición. Nótese qué natural sale leer la versión príncipe con el tono que le daría un mexicano: ¿Qué has topado algo?; ¿Qué sí encontraste?; ¿Qué sí traes?
No es de extrañar que esta sutileza se pierda con mayor razón en las traducciones. Una versión inglesa de empaque añejo queda así:
“Why, how so?” asked Don Quixote; “hast thou come upon aught?” (traducción de Ormsby).
Mientras que la de Grossman, elogiada por Zanella por su viva contemporaneidad, dice:
“What is it?” asked Don Quixote. “Have you come across something?”
En ambos casos aparecen dos preguntas. Y lo mismo sucede en una traducción italiana del siglo XX:
—Ma che? —domandò don Chisciotte.
—Ne hai forse intoppato alcuno? (traducción de Giannini).
Hay otro pasaje que quizá es más claro. Ya muy adelantada la segunda parte, los protagonistas se encuentran con un escritor que edita sus propios libros. Al consejo de don Quijote de acudir a un editor,
—Pues ¿qué? —dijo el autor—. ¿Quiere vuesa merced que se lo dé a un librero que me dé por el privilegio tres maravedís, y aún piensa que me hace merced en dármelos? (II, 62).
Así aparece en varias ediciones. En cambio, la primera dice:
Pues que, dixo el autor, quiere vuessa merced, que que se lo dê a vn Librero, que me dê por el priuilegio tres marauedis, y aun piensa que me haze merced en darmelos.
Supongo que la repetición de que es una simple errata. Ahora, es notable que esta vez no haya interrogación ni para cerrar. Como decir: “¿Qué quiere que se quede otro con la utilidad?”
En la versión de Trapiello la construcción cambia notablemente, alejándose aún más de ese tono que, en mi humilde opinión, pudo tener en el Siglo de Oro y que en México está vivo en nuestros días, mientras que en España hace mucho tiempo que no se oye.
—¿Y qué quiere vuesa merced entonces, que se lo dé a un librero, para que me dé por los derechos tres maravedís, convencido además de que me hace un favor al dármelos?
Añado las correspondientes traducciones, que simplemente confirman el desdoblamiento de la frase en dos preguntas:
“What!” said the author, “would your worship, then, have me give it to a bookseller who will give three maravedis for the copyright and think he is doing me a favour?” (Ormsby).
“And?” said the translator. “Would your grace prefer that I give it to a bookseller, who’ll pay me three maravedís for the rights and think he’s doing me a favor? (Grossman).
—E che? —disse l’autore. —Vuole vossignoria che io lo ceda a un libraio il quale mi dia tre quattrini per il privilegio, pensando magari di farmi un favore a darmeli? (Giannini).
Demasiado actual para ser verdad
Quisiera terminar con dos pasajes que parecen entrar en vibración con una sensibilidad bastante extendida en nuestros días, la disolución de las esencias reales en favor de la percepción o incluso del deseo: las cosas son lo que decidamos que sean. Leemos que don Quijote dice:
—Sancho, deja ese caballo o asno o lo que tú quieras que sea (I, 21).
Se dirá que no estamos jugando limpio, porque el corazón de la novela está precisamente en la locura del protagonista, que continuamente ve lo que no es. En efecto, estamos en el episodio del yelmo de Mambrino. El barbero que llevaba la palangana que para don Quijote era yelmo ya se esfumó abandonando su asno, que para el hidalgo era caballo. La versión actualizada que acabo de citar se limita a quitar algunas comas (que tampoco estaban desde el principio) y a decir quieras donde antes se leía quisieres. El realismo de Sancho es tratado con la condescendencia de su señor, dispuesto a dejarlo en su creencia de ver un asno.
A propósito de esta escena, Guillermo Hurtado observa que ciertamente “somos libres de imaginar que una bacía es un yelmo, pero no somos libres de titular como queramos a cualquier cosa, porque entonces no sólo cometemos injusticias, como la que padece el barbero, sino que corremos el riesgo de caer en la violencia, como la que se desata en la venta”. Ésta es la moraleja del Quijote sobre la verdad según Hurtado, que no comparte las interpretaciones del Quijote de autores como Unamuno o Américo Castro, para quienes la novela ofrece una propuesta relativista. Cita un pasaje revelador de Unamuno que se refiere a esta misma escena: “Ésta es la verdad pura: el mundo es lo que a cada cual le parece y la sabiduría estriba en hacérnoslo a nuestra voluntad”.
Sugestivo sin duda, pero no es la mente ni del autor ni del protagonista. Hay error, mentira y alucinación por un alejamiento respecto de lo que realmente hay. Hurtado añade: “La confusión cervantina hoy nos parece inocente porque las fronteras entre los conceptos se han difuminado de una manera que hubiera sido inconcebible hace cuatro siglos”.
Ahora bien, hay otro pasaje donde se aplica esa ley de la voluntad en un campo aún más característico del tiempo actual y se da entre personajes ajenos a toda sospecha, o sea ni don Quijote ni Sancho. Se lee en otro capítulo de la primera parte (I, 28):
—Así que, señora mía, o señor mío, o lo que vos queráis ser.
Nada menos: alguien es señora o señor según lo diga su voluntad. La escena involucra al cura y al barbero, y quien habla es precisamente el cura. En las versiones no actualizadas sólo cambia el verbo, que en lugar de queráis es quisierdes. Aquí no hay encantamiento ni sospecha de él. Se trata de la bella Dorotea, que huye de un amor malogrado y se refugia en el bosque con vestimentas de varón. Es un subterfugio muy socorrido en ese período, tanto en la ficción como en la realidad. En México todos hemos oído decir que sor Juana recurrió a él para asistir a la universidad (al parecer sólo un deseo de niña y súplica no escuchada a su madre). Pero Dorotea es señora en cuanto la descubren, señora sin sombra de duda, y está dispuesta a asumir el papel de princesa Micomicona –otra ficción– para forzar a don Quijote a volver a su tierra, y es señora más que nunca cuando reaparece el hombre amado con las circunstancias enmendadas y vuelven a su relación, bien viva, a tal punto que será uno de los indicios por los que Sancho vislumbre el engaño que le tienen concertado a su señor, a quien informa:
—Tengo por cierto y por averiguado que esta señora que se dice ser reina del gran reino Micomicón no lo es más que mi madre, porque a ser lo que ella dice no se anduviera hocicando con alguno de los que están en la rueda, a vuelta de cabeza y a cada traspuesta (I, 46).
Dorotea, era de esperarse, “se puso colorada”. Por su honor usé la versión tradicional para las palabras de Sancho. La de Trapiello se entiende mejor al poner “en cuanto uno se da la vuelta” en lugar de “a vuelta de cabeza”, pero dice que andaban “tentándose por todos los rincones” (“a cada traspuesta”). Es verdad que hocicarse es un poco basto, pero en el fondo no es más que “besuquearse”, que habla mejor de Dorotea, y lo dejo así para mantenerla en sus buenos colores.
Referencias
Alfonso Reyes, “Aduana lingüística”, en Obras Completas, vol. XIV: La experiencia literaria, Fondo de Cultura Económica, México, [1933] 1983, pp. 163-171.
Edith Grossman,. (2003). “Note to the Reader”, in: Don Quixote of La Mancha, Publiconsulting Media, https://www.publiconsulting.com/wordpress/donquixoteoflamancha/chapter/translators-note-to-the-reader-2/ – acceso: 21.2.2026.
Francisco de Sales, (1909). Introduction à la vie dévote, publié d’après l’édition de 1619 [par] Fernand Boulenger, Poussielgue, Paris (Internet Archive, https://archive.org/details/introductionlavi00fran/page/n7/mode/2up – acceso: 21.2.2026).
Guillermo Hurtado, Biografía de la verdad: ¿Cuándo dejó de importarnos la verdad y por qué deberíamos recuperarla?, Siglo XXI, México, 2024.
Joaquín Antonio Peñalosa, El Evangelio según los niños, edición al cuidado de Claudia Posadas y Mauricio Sanders, Jus, México, [1970] 2023.
Jacobo Zanella, “Trapiello nos devuelve El Quijote”, La Tempestad, 28 de enero de 2020, https://www.latempestad.mx/quijote-resumen/ – acceso: 21.2.2026.
Matteo Bartoli & Giuseppe Vidossi, Lineamenti di linguistica spaziale, Edizioni Le Lingue Estere, Milano, 1943.
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, edición del Instituto Cervantes, dirigida por Francisco Rico con la colaboración de Joaquín Forradellas, estudio preliminar de Fernando Lázaro Carreter, Crítica, Barcelona, 1998.
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, puesto en castellano actual íntegra y fielmente por Andrés Trapiello, Destino, Barcelona, 2015.
Para la edición príncipe: Segunda parte del ingenioso cauallero don Quixote de la Mancha, Real Academia Española, Madrid, 2013, https://www.rae.es/archivo-digital/segunda-parte-del-ingenioso-cauallero-don-quixote-de-la-mancha – acceso: 21.2.2026.
Para la traducción de Ormsby: Don Quixote by Miguel de Cervantes Saavedra, Internet Archive, 2021, https://archive.org/details/miguel-de-cervantes-saavedra_don-quixote_john-ormsby/page/n1199/mode/2up – acceso: 21.2.2026.
Para la traducción de Grossman: Don Quixote of la Mancha, with links to Francisco Rico’s Spanish version (2005). Based on the translation by Edith Grossman, 2003, Publiconsulting Media, https://www.publiconsulting.com/wordpress/donquixoteoflamancha/ – acceso: 21.2.2026.
Para la traducción de Giannini: Don Chisciotte della Mancia, LiberLiber (texto tomado de Sansoni, Firenze 1923-1927), https://ilibridileo.altervista.org/wp-content/uploads/2020/12/CERVANTES-Don-Chisciotte.pdf – acceso: 21.2.2026.
Miguel de Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho, Alianza Editorial, Madrid, [1905] 1987).
Miguel Manso, “Andrés Trapiello: ‘El castellano del Quijote no era fácil y por eso era tan necesario traducirlo’”, entrevista con Andrés Trapiello, en: Noticias-Cultura, 2 de julio de 2024, https://www.cuatro.com/noticias/cultura/20240703/andres-trapiello-entrevista-traduccion-quijote-castellano_18_012915067.html – acceso: 21.2.2026.
1 Filotea o Introducción a la vida devota, parte II, cap. 12. Esta traducción, habitualmente presentada como de Quevedo, en realidad es de Sebastián Fernández de Eyzaguirre (1618), corregida posteriormente por Quevedo (1634).
2 Cupsa Editorial, Madrid 1977.
