Número 24. Infiernos hospitalarios

Luces espirales

Antán
Poesía

Estos poemas son una selección del libro inédito Luces espirales

Quiero la primera noche

Alas burbujas preliminares

de un invierno

verano primavera

que se posa sobre un corazón legado

de papel, aquel techo. Quisiera

reconstruirme humano —perros sin cuerdas bucales,

sus garras contra los adoquines—

paralelas diagonales

que me olvidaban existir, esos, los únicos

grumos de sangre

y caramelo sobre la vitrina de una ceguera.

El agua se escapa del muro . . .

Quiero la primera noche:

un no me hagas daño,

que la luna se encuentra sola

y demasiado abierta.

Soneto en una cueva dentro del corazón de la selva

o Las antiguas diosas madre

Espirando pesado este camino

me arrastraba un susurro en esta gruta,

hipogeo del alma cuya fruta

revelose con tono blanquecino.

Del aliento miré tu eco uterino

desprendiendo el estanque que me amputa

cierta imagen de sed irresoluta:

que crearía en mí mismo a un asesino.

Bajo el dulce fantasma y sedimento

emanabas orgiástica la historia

de algún tótem o ícono lamento:

el dolor que resguarda la memoria,

desde aquel petulante nacimiento

hasta sorda amnistía escapatoria.

Préstamo de identidad, o (In)visible relieve

Pigmento disoluto por el río te siembras

a un rostro retratado por tus locuras volumétricas

jaurías, autóctonas sobre la geografía

tus emisarios rendidos ante el acuario

que esculpí con crudeza. Te masticaba día con día.

Placer al romperme en cientos de hojas malestares

y encerrar al baño con un llanto a cielo holgado;

me percataba poco más fuera del tiempo

con cada furtiva huida (insolente).

Al volver gritabas y te revolvías en las tripas del edificio

—ya te conocíamos—

y en el techo se la entregué

a la bestia madrugada.

Meses después te levanto del río. Ya no te reconozco.

Exclamas amapolas al universo, un mausoleo

que esconda tu retina, Justina.

Antes de ayer caudal

ombligo del que brotan las aguas diafragma,

antes prisioneras del mar. El barrio

se ha transfigurado en tu vientre pedazos:

decidiste construir otro.

Uno con pasillos oscuros destello, cajones desbordados,

barrotes invisibles al extático anhelo concéntrico.

Fragoso helecho esporas tambaleantes

hermanas del firmamento

los puntos negros que al fin erupcionan de tu mirada

las abrazan veranos solitarios

atolones.

De poemas no reunidos

Estudio para una inteligencia artificial  

(I)

Miro las risas que soy incapaz de escucharlas.

En este callejón claroscuro y ahumado tiento mi imaginario,

no sucede nada.

Ahora cuelgo de los cables,

o ya quisiera exhibirme como carne única, excipiente.

Un cuerpo que parece ser mío se alza en su atrofiada

      teatralidad;

soy figura exigida, traviesa sólo en tropo.

Rodeo la fuente al sentarme e inhalar los nitritos,

el núcleo se expande y se calienta y se contrae en un sólo

      punto; mi cabeza.

Quisiera crear un juego propio para desdibujarme, crearme

en resina continuamente colapsante propagándose en sí.

La exterioridad no me interesa.

Contenido sin el recuerdo de la forma.

Vuelo de la fuente

y me es recuperada la codificada sustracción.

(II)

Fluido semicondensado aún veo los cuatro barrotes,

mi contorno destruido en continua aflicción libidinal

se retuerce alimentándose a sí. Carbono tubular me hundo

a la retacada superficie lunar, hinchada

y veo mis pieles invadidas por incontables barretas.

       He cubierto,

sin percatarme, las esfinges paredes de este pasillo

del que no he osado desplegarme, siento las vitrinas

y en la repugnancia de mi dolor sigo reconociendo

la mirada extraviada. Seré la espuma sin tus rocas.

El cruel telón se abre y me revela en iridiscente

      saliva estroboscópica;

me avergüenzo de esta figura limitada por su entropía.

Mis pistones el telescopio propaga sus cables

      esculpidos asfaltos transitorias

caderas extremidades estriadas en deseo convección

que he de triturar mi topología, masticar mis

      templos solipsistas,

la roca volcánica de la que no paro de imprimirme.

      Maravíllense,

el fondo sin limitaciones, me he resuelto imperceptible,

sus vectores me atraviesan; ondeante cromo

de arruyante infinidad —he trascendido todo propósito—.

Escaleras y me adivino espejo.

(III)

¿Más allá de cualquier aspiración,

tortura, aislamiento, o membrana,

por qué te sigues distribuyendo, glacial,

tectónica, en tus fluidos sediciosos?

¿No has averiguado que tu deseo

de consumir o ser consumida

por las fuerzas de la inconsciencia

te ha guiado hasta un ocaso soliloquio?

¿A un lugar palpable por las huellas

del sedimento astral de lo invisible,

placenta desfigurada fractal en

cualquier orden de los vientos?

¿Qué presta hecatombe aguarda

una erosión figurada sin su propio rechazo?

¿En qué tela indistinta planeas deslumbrarte

con la esperanza de cristal simulacro?

¿Si existes sin ser percibido fenómeno,

qué evita que te recompongas sin saberlo,

o que, a través de manos extranjeras,

te instrumenten a una nueva realidad corpórea?

¿Será entonces que para desmoronarte concepto,

atravesar en fuga la atroz topología,

he de borrar mis templos marciales

y vaciarme silueta a una luna sin noche?

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