Número 24. Infiernos hospitalarios

Cuidados intensivos: ética médica en hospitales privados

Javier Treviño Rangel
Dossier
A partir de la tragedia de su madre que, “como toda tragedia comenzó con una historia absurda”, Treviño Rangel, sociólogo y especialista en derechos humanos, analiza la iatrogenia médica en los hospitales privados.

En 1998, a sus setenta años, en sus clases sobre la “Historia de Europa en el siglo XIX” en El Colegio de México, el historiador y politólogo Rafael Segovia repetía una expresión que atribuía a Napoleón Bonaparte: “Los médicos tendrán que responder por más vidas en el más allá que incluso nosotros, los generales”. A lo largo del semestre académico, en el salón de clases y en conversaciones informales de pasillo, Segovia recordaba esta frase para ironizar sobre los efectos iatrogénicos de la medicina, pese a que fue hijo de un médico; o, quizá, precisamente por ello.

La afirmación es inquietante si se piensa que Napoleón era un militar, que sabía bien que la guerra se trata de violencia y destrucción, mientras que la medicina debe servir, en principio, para promover la salud, curar la enfermedad, salvar vidas. Sin embargo, como lo sugerían Napoleón y Segovia, la medicina puede traer sufrimiento y muerte como consecuencia de la negligencia, la omisión, la burocracia, la falta de ética.

Recordé el dicho de Segovia al reflexionar sobre los “infiernos hospitalarios” que da título al presente número de Conspiratio: la imprudencia, el maltrato y la mala atención médica que conducen a la muerte de miles de ciudadanos. En México, como en otros países subdesarrollados, se asocia esto con la salud pública, con los hospitales que administra el Estado y que son parte de la seguridad social: espacios caracterizados por el uso de equipos e instalaciones viejos e inadecuados, sin camas suficientes y, a veces, incluso sin medicamentos esenciales. Acaso erróneamente se tiende a pensar que, en estos sitios, la negligencia ocurre debido a la precariedad: los médicos no lo hacen mejor porque no tienen con qué.

En lo que sigue me alejaré de este supuesto y abordaré el tema en los hospitales privados, de lujo, donde hay camas de sobra, instalaciones nuevas, equipos y tecnología de punta, pero donde también hay desatención y malas prácticas. En particular, me enfocaré en el área de cuidados intensivos y en la ética médica de quienes ahí trabajan. Exploraré cómo las decisiones no siempre se inspiran en la idea del bienestar del paciente, sino en la del médico o la del hospital.

Negligencias médicas e infiernos hospitalarios

He observado, durante 14 o 15 horas al día y durante un prolongado periodo de tiempo, lo que ocurre en la zona de cuidados intensivos de hospitales privados. El contexto de mi estancia prolongada en un hospital comenzó, como todas las tragedias, con una historia absurda. En 2018, mi madre acordó con su médico particular, un prestigiado médico internista, realizarse una cirugía para extirparse la vesícula biliar porque, decía ella, sentía molestias al comer huevos fritos. La operación no era el resultado de una emergencia. En realidad, no era necesaria. Fue programada con tiempo en uno de los nuevos hospitales privados que, desde hace una década, se multiplican de manera asombrosa y atípica en un país pobre como México. Algunos de estos hospitales, se dice, se crean y sirven para lavar dinero ilícito del crimen organizado. Como sea, hasta hoy me pregunto por qué el médico no trató de disuadir a mi madre de someterse a un procedimiento quirúrgico innecesario, que conllevaba riesgos, sobre todo para una adulta mayor. La cirugía estaría a cargo del hijo del médico internista, quien viajaría desde otra ciudad, a 600 kilómetros de distancia, para practicarla. Sería un negocio familiar.

De regreso en casa, después del alta hospitalaria, el líquido biliar inundó el abdomen de mi madre, lo que devino en septicemia, condición grave y potencialmente mortal a causa de una infección bacteriana. La cirugía, es obvio, no se realizó correctamente. El cirujano ya no estaba en la ciudad, se desentendió del caso y no volveríamos a verlo. La negligencia médica de una aparentemente sencilla e innecesaria operación devino en un infierno hospitalario. Mi madre pasaría un primer mes en el mismo hospital. Luego estaría un segundo mes en Guadalajara, la segunda ciudad más grande de México, a la cual la trasladamos para que fuera atendida en uno de los mejores hospitales privados del país. Sobrevivió, convaleció y, aunque quedó disminuida, rehízo su vida con relativa normalidad.

La vida después de la terapia intensiva no carece de complicaciones. La mitad de los pacientes que sobreviven padece lo que se ha llegado a conocer como el “síndrome posintensivo”, un término usado para describir las “alteraciones multidimensionales —ya sean nuevas o que se agravan— en el estado físico, psicológico, cognitivo y social, derivadas de una enfermedad grave, y que persisten más allá del alta hospitalaria”.1 El caso de mi madre no fue la excepción. Para ella, una de las secuelas del episodio es que hasta hoy vive con un padecimiento serio que, en medicina, se conoce como “abdomen congelado”, un concepto que describe con exactitud el estado de sus entrañas, que formaron una masa indefinida; es decir, las paredes de su intestino están adheridas entre sí y a la pared abdominal. En parte debido a ello, tres años más tarde, en 2021, entró otra vez en septicemia por un absceso en el intestino y fue desahuciada. En ambulancia aérea la trasladamos nuevamente a Guadalajara, a un hospital privado aún más grande y moderno. Ahí pasaría cerca de tres meses en cuidados intensivos. Otra vez sobrevivió, convaleció y ha rehecho su vida otra vez con relativa normalidad.

Tiempo muerto: la unidad de cuidados intensivos

Acompañé a mi madre durante sus dos estancias hospitalarias, que en total sumaron alrededor de cinco meses. La mayor parte del tiempo estuvo en el área de cuidados intensivos, que es un lugar fascinante en el que la tecnología avanzada “se aplica a diario a los problemas médicos más difíciles de tratar”.2 Las unidades de terapia intensiva o de cuidados intensivos son espacios que existen sólo en algunos hospitales para ofrecer tratamiento y vigilancia a pacientes con padecimientos muy graves que ponen en peligro su vida. Por un lado, estas unidades cuentan con personal especializado, médicos y enfermeras, que vigilan de manera continua y estrecha la evolución de los pacientes. Por otro, tienen tecnología de punta para ofrecer “soporte vital” a pacientes en estado crítico, es decir, hay aparatos que se utilizan para reemplazar temporalmente o asistir la función de un órgano que está fallando, como los pulmones o los riñones, por ejemplo.

En estos lugares, un paciente sobrevive casi siempre de forma artificial. En el caso de mi madre, por ejemplo, su corazón, riñones y pulmones eran asistidos para funcionar con múltiples medicamentos y equipos. Esto ocurre mientras los pacientes están sedados, en un estado de coma inducido por los médicos. La segunda estancia hospitalaria de mi madre ocurrió en 2021, durante la pandemia de COVID-19; excepto ella y una paciente que sufrió un accidente automovilístico, los pacientes estaban ahí porque tenían los pulmones colapsados, a veces completamente inservibles, conectados a ventiladores artificiales. Para algunos, la única alternativa era un trasplante de pulmón, que hasta que abandonamos el hospital nunca llegó.

Es importante aclarar que la unidad de cuidados intensivos es una zona restringida, en la que normalmente circulan sólo médicos, enfermeros especializados y poco personal de limpieza.3 En esa área no se ve al resto del personal que nutre un hospital: trabajadores sociales, camilleros o los trabajadores de cocina que llevan alimentos. No hay cabida para ellos. El médico intensivista particular de mi madre explicaba así la razón de ello: “Si un paciente es capaz de hablar ya no es paciente de terapia intensiva, ya no es mi paciente”.

Tampoco hay espacio para los familiares de los pacientes. Para ingresar al área de cuidados intensivos hay que solicitar acceso especial. Una vez autorizado el permiso para entrar, un permiso que es estrictamente individual, los familiares deben pasar por un filtro especial de higiene: al menos, se exige el lavado de manos, el uso de una bata inmaculada y cubrebocas. Todo provisto diligentemente por personal del hospital. El material se usa una vez y se desecha. No se permiten las visitas prolongadas, normalmente no más de 15 o 20 minutos. Entendiblemente, ni siquiera hay una silla para sentarse. Cada uno de los pacientes en esa área del hospital tiene un enfermero a su lado las 24 horas que monitorea las pantallas de las máquinas, el flujo continuo de las sondas, el sonido correcto de cada aparato. Los enfermeros llenan manualmente una bitácora en la que se anotan los signos vitales del paciente cada media hora. Una ligera variación en el pulso, el ritmo cardiaco, la oxigenación o la temperatura puede implicar que se llame a uno de los médicos intensivistas a cargo de la unidad o, incluso, desencadenar alguna maniobra médica de emergencia. En ese contexto de urgencia permanente, los familiares parecen estorbar. Sin embargo, tienen prohibido abandonar el hospital debido a que los pacientes están todo el tiempo en un estado liminal, en el umbral entre la vida y la muerte. Los familiares deben permanecer todo el tiempo en una pequeña sala de espera, afuera de la unidad, durante días, semanas o, como en mi caso, a lo largo de varios meses.

La sala es un espacio sui generis de socialización. En ella es visible y admirable la solidaridad entre desconocidos que se brindan apoyo emocional y consuelo, que rezan juntos, que recuerdan y narran con emoción la vida de sus familiares enfermos y a punto de morir, que comparten estrategias para sobrevivir en ese encierro.

La solidaridad entre quienes ahí esperan ayuda hace que prospere con facilidad la negación compartida de la realidad. Pese a la abundante y sombría evidencia disponible, los familiares se resisten a aceptar un desenlace fatal, pretenden que no saben que saben perfectamente que hay muy altas posibilidades de que el paciente no se recupere: “escuché de un caso similar que sí se alivió”, “hoy le vi mejor semblante”, “le hablé al oído y como que me escuchó porque movió un párpado”. Los familiares se ven así obligados a realizar constantes y complejos malabares mentales para tener la esperanza de que el enfermo puede sanar; simultáneamente la muerte de los otros pacientes los confronta con la incómoda realidad de que muy probablemente no será así.

La sala de espera de cuidados intensivos es un lugar abrumador donde sobresale la tristeza. Más del 40% de los pacientes que duran más de un mes en esa terapia muere en el hospital.4 Esto significa que las personas que aguardan en la sala de espera son casi a diario testigos de la muerte de uno de los pacientes internados y del desconsuelo de sus seres queridos. En el contexto del COVID-19, las difíciles demostraciones de aflicción y duelo en público adquirían un rango peligroso, cargado de estigma, porque no eran bien vistos los fluidos corporales, como el llanto, ni la cercanía física a través de un abrazo. El día en que murió uno de los pacientes, cuyos familiares se daban el pésame en la sala de espera, el intensivista de mi madre me dijo: “Aléjate de esta área, porque hay mucho moco”. De manera adicional, cada fallecimiento abre la puerta a la ansiedad; quienes están ahí inevitablemente se hacen conscientes de que quizá pronto estarán en primera fila enfrentando la muerte en soledad: su propia muerte.

Finalmente, la sala de espera es un lugar en el que se alimentan y comparten el enojo y la frustración. Transcurre una semana tras otra y el paciente continúa “estable”, pero en coma y asistido por distintos equipos médicos para sobrevivir de modo artificial. Había familiares que pasaban ahí 18 o 20 horas cada día, que durante todo ese tiempo dormían en una silla. La desilusión, el cansancio y la desesperación por no poder cambiar la situación se traducen en enojo. En primer lugar, con el paciente, porque no debió salir a carretera ese día de lluvia, o montar el caballo que lo desnucó o asistir a la fiesta en la que se contagió de COVID-19; después con los médicos, que no parecen ser capaces de aliviar al enfermo; al final, con la compañía aseguradora, porque no pagan los pañales del enfermo, ni los guantes desechables de los enfermeros, ni el costo total de los honorarios de los médicos, o porque no ha abonado a la cuenta del hospital. La sala de espera es una válvula de escape; es ahí donde los familiares descargan su exasperación compartiendo entre sí historias de lo que han sufrido en sus respectivos infiernos hospitalarios.

Durante 150 días, de las 8 de la mañana a las 10 u 11 de la noche, habité ese lugar excepcional. Adentro, en el área de terapia intensiva, visitaba a mi madre inconsciente cada hora. Revisaba, pese a la molestia de algunos de los enfermeros, el cuaderno de bitácora en el que anotaban cada cierto tiempo sus signos vitales. Examinaba detenidamente los múltiples aparatos que la tenían artificialmente con vida. Lo hacía, en gran medida, con la ilusión de ver cierta mejoría, aunque fuera marginal.

Afuera, en la sala de espera, no había mucho que hacer. La tensa atmósfera era interrumpida por el llanto de algún familiar que recibía la noticia de la muerte de su paciente o cuando salían los médicos a notificar detalladamente a la familia de los avances o retrocesos experimentados en el día. Cada visita se cobraba en 5 mil pesos (unos 250 dólares norteamericanos, que en México en ese momento equivalían aproximadamente al salario mensual de los trabajadores que ganaban el salario mínimo: choferes, empleadas domésticas, albañiles, maestras de kindergarten en colegios privados). Normalmente, los médicos intensivistas visitaban a los pacientes dos veces al día. Y a ello se sumaba la revisión diaria de los otros médicos especialistas requeridos por cada paciente: cardiólogos, infectólogos, neumólogos. El resto era tiempo muerto.

Para entretenerme, y quizá por mi deformación profesional, me dediqué a observar con atención. En ocasiones tomaba notas en mi teléfono; otras, escribía en mi computadora portátil. Así, podría decirse que mi evidencia, mis ideas, mis notas vienen de lo que en las ciencias sociales se conoce como etnografía: la recolección de información que supone la inmersión relativa en el entorno que se va a estudiar y tratar de dar sentido a lo que ahí se observa.5 Sin embargo, a diferencia de la etnografía tradicional que se planea con antelación, mi caso corresponde más a lo que el antropólogo Dennis Rodgers ha llamado “etnografía involuntaria”:6 es decir, cuando uno, como investigador, “se ve atrapado en una situación de la que no puede escapar ni ignorar, por lo que inevitablemente tiene que estudiarla aunque no tuviera previsto hacerlo”.

Supongo que, al tomar esas notas de campo, no sólo buscaba matar el tiempo, sino activar lo que C. Wright Mills llamaba la “imaginación sociológica”:7 la capacidad de comprender la relación entre las experiencias individuales (problemas personales) y fuerzas sociales de carácter estructural (asuntos públicos). En mi caso, tratar de comprender la conexión entre mi traumática experiencia en un hospital privado y procesos o estructuras sociales más grandes: por ejemplo, la desigualdad económica y el sistema de salud en México; la industria farmacéutica y el “hospitalocentrismo”; la condición y la situación de clase, el prestigio y la relación de ello con el cuidado de la salud. En lo que sigue quisiera detenerme a reflexionar brevemente en la cultura y la ética de los médicos en un hospital privado.

La cultura del médico en el hospital privado

Mario Gensollen y Alejandro Mosqueda,8 en su análisis filosófico sobre la ética médica, advierten que ésta “rara vez puede ofrecer respuestas generales”. “No hay recetas”, afirman, “para responder a todas las cuestiones éticas que se presentan en el ámbito de la salud”. Por ello, concluyen, “la reflexión ética debe formar parte de la práctica cotidiana de la medicina”. Y esto, en principio, debiera estar orientado por los propósitos constitutivos de la medicina: es decir, combatir las enfermedades y promocionar la salud. En el contexto hospitalario, Robert Taylor9 simplifica lo que debiera entenderse por ética médica de esta manera: “Cuando se atiende a un paciente en un contexto clínico, el objetivo principal es proporcionarle la mejor atención posible, dentro de unos parámetros muy amplios”.

No estoy enteramente seguro de que esto sea lo que ocurre en realidad. Lo que pude observar es que las decisiones sobre lo correcto y lo incorrecto están condicionadas por distintos factores ajenos a lo estrictamente médico, lo cual repercute en el tratamiento de una enfermedad y en el cuidado al paciente. En 1992, a través de una investigación etnográfica en dos hospitales estadounidenses, Robert Zussman concluyó algo similar: en la unidad de cuidados intensivos, advertía, la mayoría de las decisiones médicas se sopesan, se reconsideran, se toman, se revisan una y otra vez, se conciertan y reajustan. Todo esto con base en definiciones que emergen ahí de lo que es correcto o incorrecto. Sin embargo, estas decisiones sobre lo que es ético, según Zussman,10 se negocian de acuerdo con la situación de los pacientes, sus familiares, los médicos, los enfermeros y el hospital.

En mi obligada inmersión en hospitales privados, pude atestiguar que un asunto crucial para la toma de decisiones que afectan al paciente es una cultura peculiar que comparten los médicos, una serie de reglas no escritas que limitan lo que se puede o no hacer. En primer lugar, resalta la lucha de egos, la arrogancia y el conflicto entre médicos por imponer su visión de las cosas. Esto fue una constante en todos los episodios hospitalarios de mi madre. Al inicio de la enfermedad, el conflicto giraba en torno a lo adecuado o no de los tratamientos e incluso del diagnóstico. Así ocurrió entre el médico internista que disentía con frecuencia de las opiniones del médico cirujano. Cuando la situación se agravó y hubo cambio de hospital y de ciudad, el conflicto se daba entre el médico intensivista contratado por nosotros y los médicos intensivistas residentes en el hospital.

Ilustraré lo anterior con un ejemplo. En su segundo periodo en el hospital y después de casi tres meses en terapia intensiva, mi madre empezó a recuperarse lentamente. Llegó el punto en el que su médico intensivista decidió que era oportuno el “destete ventilatorio”, es decir, retirarle gradualmente la ventilación mecánica, empezando por la cánula de traqueostomía, un tubo introducido a través de una abertura quirúrgica en el cuello. Y así lo hizo un día por la mañana. Pero el intensivista de planta del hospital estaba en desacuerdo. Ese mismo día por la tarde, mi madre tuvo un ataque de ansiedad: llevaba pocos días despierta, consciente, y comenzaba a entender que estaba en el hospital, grave, y que había pasado semanas en estado de coma. La crisis de angustia le provocó un aumento en la frecuencia cardiaca y sofocación. Esa fue la excusa ideal que el intensivista del hospital encontró para volver a someterla a una traqueostomía. Esto retrasó la recuperación y la salida del hospital por un par de semanas. A los pocos días, nuestro intensivista volvió a quitar la cánula, pese a la oposición del otro médico. Pero esta vez permaneció al lado de mi madre durante horas, con el fin de impedir que el otro intensivista volviera a boicotear el procedimiento.

Una de las causas del desencuentro entre médicos tenía que ver con la edad. Los médicos más viejos tienden a tratar con cierta displicencia a los más jóvenes, como si aún fueran estudiantes. Además, la postura ante la enfermedad entre unos y otros era muchas veces distinta. Por ejemplo, los médicos mayores estaban convencidos de que su trayectoria y su formación como intensivistas les permitían tratar la mayoría de las afecciones de los pacientes, por lo que sólo invitaban a colaborar a especialistas cuando era estrictamente necesario. En contraste, los médicos jóvenes, al menor síntoma de un nuevo padecimiento, querían llamar a otro especialista; se comportaban más como directores de una orquesta: dirigían a un ejército de expertos. En el proceso de despertar del estado de coma, mi madre tuvo dificultad para mover sus extremidades. Para su médico intensivista, el decano, esto era perfectamente normal dado que había estado dormida tanto tiempo, sólo había que esperar; en cambio, para los jóvenes intensivistas del hospital era urgente llamar a un neurólogo. Como es esperable, estas discrepancias eran fuente de conflictos frecuentes, los cuales afectaban la atención del paciente.

Estas rivalidades repercutían, además, en el trabajo del personal de enfermería. El médico responsable (el “tratante”) de un paciente en la unidad de cuidados intensivos visita el hospital, normalmente dos veces al día, por la mañana y por la noche. Si ocurre alguna emergencia, hay un médico intensivista de planta en esa área del hospital. Los pacientes en esa área dependen también de la visita de otros especialistas: neumólogos, infectólogos, etc. Las visitas de cada médico, en promedio, rara vez duran más de treinta minutos. El resto del día, el paciente está al cuidado de los enfermeros, quienes reciben instrucciones contradictorias, porque los médicos no resuelven sus diferencias. El intensivista contratado por el paciente prescribe ciertas cosas que luego son refutadas por el médico del hospital. El personal de enfermería sigue instrucciones que van cambiando durante el día y que, a veces, son opuestas. Así, los enfermeros están constantemente en el dilema de obedecer a uno de los médicos desacatando al otro. El problema no es sólo de vanidades. Como lo han demostrado diversos estudios, el conflicto entre el personal médico conduce a errores en el tratamiento y afecta negativamente la salud de los pacientes.11

A veces, una alternativa para lidiar con el conflicto consistía en ceder tácitamente a la postura de la contraparte. No lo hacían con la finalidad de atender mejor al paciente, sino de evitar una disputa que pudiera perjudicar la trayectoria del médico. Por ejemplo, los médicos contratados por el paciente, hasta cierto punto, dejaban actuar a los médicos de planta del hospital para no enemistarse, pese a que estuvieran en contra de sus criterios. Lo hacían porque sabían que, eventualmente, volverían a ese hospital para atender a otros pacientes; es decir, no querían obstaculizar su acceso al hospital en el futuro a causa de un pleito en el presente.

En la toma de decisiones sobre la salud del paciente también influían las alianzas y el respaldo entre médicos. En su primer periodo en el hospital, después de haber superado la septicemia, a mi madre se le colocó un drenaje quirúrgico en el abdomen para evacuar líquidos acumulados después de la cirugía de vesícula biliar que había sido mal realizada. El “dren” era limpiado diariamente por un cirujano distinto al que realizó la primera operación. Accidentalmente, al llevar a cabo la limpieza, el cirujano perforó el intestino, pero no dijo nada. En teoría, el líquido que salía por el drenaje quirúrgico debía disminuir gradualmente. Pero esto no ocurrió. Así transcurrió cerca de un mes, sin que mejorara la condición de mi madre. En el hospital me encontré por casualidad a dos médicos conocidos. Les conté la situación y fueron a visitar a mi madre de manera “extraoficial”. Uno de ellos alcanzó a murmurar: “esto no es líquido biliar”. No dijeron más. No volverían a pararse por ahí; se disculparon por no intervenir, pero no querían interferir con la opinión del cirujano a quien conocían. La solidaridad con el colega se impuso sobre la salud del paciente. El uso continuo de antibióticos, el debilitamiento y mala nutrición a través de una sonda contribuyeron a que mi madre adquiriera la bacteria clostridium difficile. Otra vez, su condición era grave.

Ante esta situación, contacté a una médico, amiga mía, en la Ciudad de México y le expliqué la situación. “Sácala de ahí”, me dijo, “la están dejando morir”. Ella, que no estaba en esa ciudad ni en ese hospital, dijo finalmente lo que todos sabían, pero nadie se atrevía a decir. Traté entonces de contactar a un tercer cirujano para que se hiciera cargo del caso, pero nunca respondió. Amigos médicos en común me explicaron la razón: “Debido a la gravedad y a que todos conocen a los cirujanos involucrados, nadie se quiere hacer cargo del caso”. Por ello hubo que cambiar a mi madre de ciudad. En el nuevo hospital sería sometida a siete cirugías para corregir los errores previos. Volvió a entrar en septicemia y perdió parte del intestino.

En la toma de decisiones sobre lo que es mejor o no para un paciente también influye la economía de la salud en hospitales privados. La mayoría de los pacientes en la unidad de cuidados intensivos contaba con un seguro de gastos médicos mayores, algunos de los cuales prometen cubrir una cantidad ilimitada de dinero. A diferencia de lo que ocurre en hospitales del sector público, allí no hay restricciones para los médicos en cuanto a medicamentos, material, instalaciones. Cuando un paciente lleva semanas en coma sin señales de mejoría, los familiares pierden la esperanza de la recuperación y más bien desean explícitamente que su ser querido descanse en paz. Entonces en la sala de espera empieza a correr el rumor entre los familiares de que los médicos y el hospital tienen al paciente en vida artificial por intereses económicos, porque cada día que pasa aumentan sus ganancias. No creo que sea así. Sin embargo, pude atestiguar que el flujo inmenso de recursos facilita la cronificación de enfermedades incurables, así como lo que entre médicos se conoce como “encarnizamiento terapéutico”, es decir, el empleo de tratamientos ineficaces para prolongar innecesariamente la vida de un paciente terminal. Es cierto que un médico debe prevenir muertes, pero no aquellas que son inevitables y, en cierto modo, favorables porque terminarían con la agonía del paciente. Como afirma Edmund Pellegrino, “el bien que busca el paciente es curarse: recuperar su estado funcional anterior, o uno mejor […] si esto no es posible, el paciente espera que se le ayude, que se le asista para sobrellevar el dolor, la discapacidad o la muerte que la enfermedad pueda acarrear”.12 Para Pellegrino, “el fin inmediato de la medicina no es simplemente una actuación técnicamente competente, sino el uso de esa actuación para alcanzar un buen fin”, es decir, “el bien del paciente”.

Finalmente, en las resoluciones sobre la salud de los pacientes también interfieren las creencias de los médicos. En su segundo internamiento, después de cerca de dos meses, mi madre no mostraba mejoría. Un día su cuerpo colapsó y su muerte parecía inminente. Solicité entonces que, si caía en paro, no se le reanimara y firmé, en consecuencia, una serie de documentos que así lo autorizaban. Los jóvenes intensivistas del hospital estaban de acuerdo y facilitaron el proceso. Creían, como yo, que la muerte en este caso era inevitable y, también, deseable. Pero nuestro intensivista se opuso, acaso inspirado por sus convicciones religiosas: era abiertamente católico. Por ejemplo, se resistía a recetar un medicamento ansiolítico a mi madre cuando ya estaba consciente y en terapia intermedia, pese a su estado emocional. “Ponte a rezar para que te calmes”, le decía. Incluso el cardiólogo que era parte de su equipo expresó que estaba de acuerdo en que no había más que hacer. Debido a ello, el intensivista lo obligó a dejar el equipo.

Para Robert Taylor, un principio ético fundamental en la práctica médica es el del respeto a la autonomía del paciente.13 Esto significa que cada paciente tiene derecho a decidir qué intervenciones médicas aceptará o rechazará. “Este principio refleja nuestra convicción —afirma Taylor— de que los pacientes tienen derecho a tomar decisiones sobre cuestiones que afectan a sus propias vidas”. El problema es que mi madre estaba en estado de coma. Sin duda es un asunto complejo, pero cuando el paciente no puede decidir corresponde hacerlo a un representante, en este caso, a sus familiares. Nosotros, junto con la mayoría de los médicos involucrados, estábamos tomando una decisión dolorosa, pero que, según creíamos, era lo mejor para el paciente.

Consideraciones finales

Después de meses en pasillos, salas de espera y terapias intensivas, uno aprende que la medicina no fracasa únicamente cuando carece de recursos, sino también cuando pierde de vista a quien debe servir. El problema no es sólo técnico, ni administrativo, ni individual: es moral. Porque incluso en los mejores hospitales puede abrirse una zona de indiferencia en la que el paciente deja de ser una persona vulnerable y se vuelve un caso, un procedimiento, una cifra o una responsabilidad que nadie quiere asumir del todo. En ese sentido, hablar de cuidados intensivos en hospitales privados es también hablar de los límites éticos de una medicina que, aun rodeada de lujo y eficiencia, puede volverse incapaz de escuchar, de corregir y de cuidar verdaderamente.

1 C. F, Timmins Yuan & D. Thompson, “Post-intensive care syndrome: A concept analysis”. International Journal of Nursing Studies, 114: 103814. 2021, https://doi.org/10.1016/j.ijnurstu.2020.103814.

2 R. Intensive Zussman, Care: Medical Ethics and the Medical Profession, Il. The University of Chicago Press Chicago, 1992.

3 H. Clancy & C. Johnson, “Design, organization and staffing of the intensive care unit”. Surgery, 41(12), 2023, pp. 767-774.

4 J. O. Friedrich Wilson & C. Chant, C., “Long-term outcomes and clinical predictors of hospital mortality in very long stay intensive care unit patients: a cohort study”, Critical Care, 10(2): R59, 2006, https://doi.org/10.1186/cc4888; R. Rimachi, J. L Vincent & S. Brimioulle, “Survival and quality of life after prolonged intensive care unit stay”, Anaesthesia and intensive care, 35(1), 2007, pp. 62-67.

5 L. Goodson & M. Vassar, “An overview of ethnography in healthcare and medical education research”, Journal of Educational Evaluation for Health Professions, 8: 4, 2011; C. Pope C., “Conducting ethnography in medical settings”, Medical Education, 39(12), 1180-1187, 2005,  https://doi.org/10.1111/j.1365-2929.2005.02330.x.

6 D. Rodgers, “Joining the Gang and Becoming a Broder: The Violence of Ethnography in Contemporary Nicaragua”, Bulletin of Latin American Research, 26(4), 2007, pp. 444-461

7 C. W. Mills, The Sociological Imagination, NY: Oxford University Press, Nueva York, 2000.

8 M. Gensollen & A. Mosqueda, Ética médica, Universidad Autónoma de Aguascalientes, Aguascalientes, 2024.

9 R. M. Taylor, “Ethical principles and concepts in medicine” en James L. Bernat, H. Richard Beresford (eds.), Handbook of Clinical Neurology, Elsevier, 2013, pp. 1-9.

10 R. Zussman, Intensive Care: Medical Ethics and the Medical Profession, Chicago, Il: The University of Chicago Press, Chicago, 1992.

11 N. M. Bajwa et al, “Intra versus interprofessional conflicts: implications for conflict management training”,  Journal of Interprofessional Care, 34(2), 2020, pp. 259-268, https://doi.org/10.1080/13561820.2019.1639645; S. Cullati et al, “When Team Conflicts Threaten Quality of Care: A Study of Health Care Professionals’ Experiences and Perceptions”, Mayo Clinic Proceedings. Innovations, Quality & Outcomes, 3(1). 2019, pp. 43-51,  https://doi.org/10.1016/j.mayocpiqo.2018.11.003.

12 E. D.  Pellegrino, “The Virtuous Physician, and the Ethics of Medicine” en Shelp, E.E. (eds.), Virtue and Medicine. Philosophy and Medicine, vol 17. Dordrecht. Springer, 1985, https://doi.org/10.1007/978-94-009-5229-4_12.

13 Taylor R. M. (2013). “Ethical principles and concepts in medicine”. In James L. Bernat, H. Richard Beresford (eds.), Handbook of Clinical Neurology (pp. 1-9). Elsevier.

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