Número 24. Infiernos hospitalarios

Contra el cinismo: Paul Auster y la reconstrucción de lo común

Jacques Coste
Reseña

Paul Auster, Brooklyn Follies, Anagrama, Barcelona, 2012, traducción de Benito Gómez Ibáñez

All men contain several men inside them, and most of us bounce from one self to another without ever knowing who we are.
Paul Auster, Brooklyn Follies, 2005

Confieso que fui de esos que leyó a Paul Auster (1947-2024) después de que había fallecido. Y lo leí a regañadientes, a instancias de un buen amigo con quien he compartido decenas de libros y docenas de aventuras. Más que confiar en su buen juicio como “recomendador literario”, me rendí ante su insistencia. Y vaya que fue una buena decisión.

Empecé por su última obra de ficción: Baumgartner (2023), una novela preciosa que narra la vejez de un profesor retirado que lucha contra la soledad y el tedio. Lo bello de la obra es que esa lucha es exitosa. El personaje principal encuentra nuevos afectos, nuevas amistades y nuevas reflexiones pese a los constantes recordatorios de que su mente ya no cuenta con la lucidez de antes y a pesar del permanente recuerdo melancólico de su esposa fallecida, a quien amó profundamente. Auster muestra que no se necesitan sentimentalismos, cursilerías e instrumentos melodramáticos para pintar un retrato esperanzador y a la vez crudo de la vejez.

Baumgartner me removió tantas fibras sensibles que a partir de ahí no pude parar de leer a Auster. Devoré sus famosas historias detectivescas compiladas en La trilogía de Nueva York (1987), en las que se entrecruzan profundas meditaciones existenciales con lo mejor del género policíaco, y leí otras de sus obras mayores, como El palacio de la luna (1989), Leviatán (1992) y 4 3 2 1 (2017). Los temas persistentes en la obra de Auster son la crisis existencial, la búsqueda de propósito, los nuevos comienzos, las segundas oportunidades, el acto mismo de escribir y el papel del azar en la forja de la experiencia humana.

Aun así, admito que no conozco a profundidad su vasta obra y, como se puede ver en los párrafos anteriores, mi lectura del autor ha sido desordenada e indisciplinada. Esto es una manera elegante de curarme en salud y decir que este texto no es una reseña de crítica literaria. Carezco de las herramientas metodológicas y del conocimiento de la producción literaria de Auster para ejercer tal potestad sobre su obra. Se trata, más bien, de un ensayo que reflexiona, a partir de una novela de su autoría, sobre las posibilidades de ser felices y plenos en el mundo contemporáneo: ese mundo tan incierto, desesperanzador y volátil en que vivimos, donde el miedo y la ansiedad reinan, y donde el egoísmo y el nihilismo se convierten en formas de sobrevivencia.

Brooklyn Follies no está considerada una de las novelas mayores de Auster. De hecho, hay quienes la catalogan como una “lectura de aeropuerto”. Así fue precisamente como llegó a mis manos. La adquirí para que me hiciera compañía en una larga espera en la terminal aérea y un tedioso vuelo de varias horas. Pero desde las primeras páginas me di cuenta de que detrás del lenguaje llano, los pasajes cálidos, los relatos esperanzadores y las relaciones fraternas de los personajes —rasgos por los cuales muchos lo catalogan como un “libro de aeropuerto”— se esconden hondas cavilaciones sobre la capacidad del ser humano para reinventarse, encontrar el sentido y hallar la plenitud, incluso después de sendas derrotas personales (un divorcio, un fracaso laboral, una enfermedad, un amor imposible, la reprobación familiar) y en un entorno político-económico poco halagüeño (los Estados Unidos del auge neoliberal, la sociedad hiperindustrializada y el neoconservadurismo de George W. Bush).

Todos los personajes importantes del libro se encuentran en un momento de tránsito vital, en el que ven más frustraciones y decepciones que motivos para vivir. El protagonista, Nathan, es un vendedor de seguros jubilado que ronda los sesenta años y se está recuperando de un agresivo cáncer de próstata y de un duro divorcio. Se muda a Brooklyn a empezar una nueva vida. Tom, su sobrino, tiene alrededor de treinta años y carga sobre sus hombros el peso de un doctorado trunco en Letras y de una prometedora carrera académica tirada por la borda. Aurora, otra de las sobrinas de Nathan, de edad similar a la de Tom, está atrapada en un matrimonio represivo, buscando escapar de él. Harry, de sesenta y tantos años y jefe de Tom en la librería, está huyendo de un oscuro pasado. Y así sucesivamente con otros personajes. Para Auster, estas experiencias de complicada transición, difícil adaptación e intensa frustración son parte de la experiencia misma de vivir: sin estas vivencias, no seríamos quienes somos.

Cuando aún era un joven estudiante lleno de ilusiones y con ganas de comerse el mundo, Tom había sido el sobrino predilecto de Nathan. Luego de no verse por lustros, se topan por casualidad en Brooklyn y el arco narrativo de la novela describe cómo ambos hombres —el divorciado sesentón, que sobrevivió al cáncer y no encuentra motivos para vivir, y el treintañero, otrora promesa académica y ahora taxista y vendedor de libros— traban una profunda amistad y construyen una conmovedora complicidad. Como buena novela de Auster, esa amistad está atravesada por las aventuras más bizarras que se detonan por episodios tan azarosos como absurdos. En medio de ellas y reaccionando ante ese azar, los personajes van recuperando la alegría, el propósito, el sentido de vida. Encuentran amores y desamores. Recuperan viejos vínculos familiares (algunas veces con éxito y otras sin él). Hacen nuevos amigos. Conocen nuevos lugares y nuevas personas. Emprenden proyectos para reinventarse y fracasan estrepitosamente, pero en el proyecto mismo encuentran sentido y vuelven a levantarse. En suma, toman al toro por los cuernos y vuelven a vivir la vida plenamente. Si no siempre son felices —y vaya que no lo son—, al menos recuperan esa curiosidad de experimentar, conocer, hacer, reír… vivir.

La magia de este libro de segundas oportunidades es su ausencia de romanticismo y dramatismo. No se trata de ese sentimentalismo del self-made man que tanto les gusta a los estadounidenses. Tampoco de esa narrativa individualista y de culto al esfuerzo (“lucha, trabaja duro y conseguirás todo lo que quieres”) de películas hollywoodenses como En busca de la felicidad o de obras literarias distinguidas como El manantial y La rebelión de Atlas de Ayn Rand. Se trata, más bien, de un libro bello y conmovedor, en el que las personas se reconstruyen y salen adelante gracias a sus vínculos colectivos, gracias a la amistad que forjan con otras personas que enfrentan retos similares y al apoyo mutuo que se brindan.

Las oportunidades laborales que hallan los personajes que se están reinventando no son espectaculares ni les dan un estilo de vida de magnate, pero los ayudan a vivir dignamente y sentirse útiles. Las relaciones amorosas que logran construir no son vínculos electrizantes de un enamoramiento desaforado; son relaciones tranquilas y maduras, de personas que se acompañan mutuamente, se comprenden y se brindan consuelo. La desilusión que el entorno político y económico ocasiona a los personajes no deriva en una reacción heroica para volver a encontrar el “espíritu americano” o el “ideal democrático”, sino en una resistencia silenciosa centrada en la construcción de comunidades locales. La restauración de conexiones familiares no está acompañada de disculpas suplicantes seguidas de abrazos y llantos, sino de pláticas francas, recuerdos, viejas anécdotas, ayuda sincera y también dificultades, retrocesos y vaivenes.

Brooklyn Follies, en suma, no narra caídas estrepitosas y ascensos meteóricos; más bien, retrata crisis existenciales causadas por distintos motivos —aunque todos ellos relacionados con un profundo sentimiento de derrota y fracaso— y medita sobre los mecanismos que, en colectivo, las personas pueden encontrar para volver a llevar una vida feliz, tranquila y plena, aunque no exenta de problemas, frustraciones y obstáculos. Por eso, esta obra de Auster ha vuelto a ganar vigencia: nos recuerda que en tiempos de incertidumbre, ansiedad y miedo, en los que las relaciones sociales están dislocadas por la tecnología, el individualismo, la polarización política y la precariedad económica, no debemos retraernos, ensimismarnos o pensar que las derrotas son permanentes; más bien, debemos construir vínculos en nuestras comunidades y tejer conexiones humanas más profundas. En tiempos difíciles, la plenitud y el sosiego se buscan desde la colectividad y la fraternidad, no desde la individualidad y el cinismo.

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