Número 23. Aquí no es nada

Dos poemas sobre Gaza

Jorge González de León
Poesía

Canción

A Francesca Albanese y Lucrecia Martín

Entran como el trueno los soldados sin pensar,

sienten nada bueno y el paladar oxidado

—desierto de noche, transparente oscuridad—;

tan quieta tu muñeca, que no deja de mirar:

aúllan como niños, brincan, giran, patean

al gato, miran pasmados el trompo dormilón

saben que hay cosas que no pueden matar.

Pero no te ven, no te ven y mejor se van:

te temen pues saben que tú no dejas de mirar.

Uno se ha quedado atrás, pues parece no entender

los huesitos de durazno, su escritura hecha destino

—en la voz del Gólem con su masticado papel

en la boca, la palabra que le cercena libertad—:

chilla, gruñe, el pacto que engatusa, el juramento

que engaña, la soberbia que seduce a la conciencia

de todo lo que él, aun armado, no puede matar.

Pero no te ven, no te ven y mejor se van:

te temen pues saben que tú no dejas de mirar.

Y tú, Lucrecia, tú, debajo de la cama, oculta,

invitada por la luz de aceite, sales a brillar;

el soldado apunta, tiembla, camina hacia atrás,

ya no sabe si eres judía o palestina o su hija y

sale, despacio, sin ruido y se pierde en el vacío.

Ya sola, en el eco del silencio tomas flores guindas,

tejes, para los caídos de ambos bandos, guirnaldas;

regresas a tus manos que hilan mil y un cuentos,

y cuentas los recuerdos de 50 que hiciste ayer;

te dices, “sólo 20… mañana sigo, mañana hay tiempo

y hay sol por la mañana”; ellos prefieren la noche

prefieren las sombras, las zanjas, penumbra opaca

que parece esconder figuras y contornos y tiempo,

todas esas cosas que no se pueden matar.

Pero no lo ven, no lo ven y mejor se van,

te temen pues saben que tú no dejas de mirar.

Lucrecia

What do you tell children

when the Sky is out to get them?

Radio Show on Gaza

Entran los soldados a tu casa

a medianoche y sin luna,

en medio del desierto

creen que pueden hacerte no mirar

—tu mirada los lastima—;

patean al gato, gritan y aúllan

como chiquillos aterrados,

imaginan espectros, fantasmas,

las tristes sombras de su corazón.

Piensan que la pólvora calienta el alma

pero sienten frío por lo que no pueden destruir.

Miran tu muñeca y tu trompo chillador,

los huesitos de durazno con que juegas matatena;

sienten envidia y no, no lo saben,

no saben que cuando matas, sólo matas

la parte tierna de tu interior. Regresarán

—aunque tu mirada los lastime—

por más, por más ira insatisfecha

por más ganas de derruir

lo que ya saben que no se puede destruir.

Y tú, doce horas bajo la cama,

el ideal escondite, piensas, seguro,

fiable, mientras tejes guirnaldas

para los militares fallecidos,

¡qué historia!, de los dos bandos.

“Ayer hicimos más de 50”

Y tu muñeca, el único testigo.

Pero aquí o allá, Lucrecia,

muerta o viva, brillas como un sol.

Y en efecto regresan, sin querer regresar;

nada más letal para ellos que una niña

que los mira desde la conciencia

que sólo existe en la mirada de una niña.

Están entrenados para todo lo que es agravio,

ofensa y vejación; pero su disciplina no

soporta enfrentar los ojos de una niña

—que son rotundo estrecho al Cielo—

la mirada a la que ellos han renunciado…

porque siguen órdenes, porque obedecen

y obedecen y obedecen órdenes,

órdenes de sólo Dios sabe a quién.

Pero aquí o allá, Lucrecia,

muerta o viva, brillas como un sol.

Porque en los ojos —fondo y superficie—

son lo mismo y sienten frío

ante lo que no pueden destruir:

la ira es la renuncia a la justicia…

Pero aquí o allá, Lucrecia,

muerta o viva, brillas como un sol.

Óooóooóoooooó

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