Número 23. Aquí no es nada

Pertenencia

Francisco Prieto
Columna

Caigo en la cuenta de que me aterra el hecho de que tantos hombres, tantas mujeres hayan perdido el sentido del lugar, que se hayan extraviado en ese transcurrir que es toda vida humana. Pienso que se ha ido diluyendo el sentido de pertenencia: a un sí mismo, a una comunidad. Se ha ido, así, perdiendo el sentido mismo de persona: reconocido en sí mismo en parte por la interrelación con los otros, como producto de reaccionar en el comercio con nuestros próximos al modo en que ellos, los otros, han buscado fijar nuestro ser.

Los seres humanos han perdido el sentido de la conducta moral que, por ejemplo, Moisés planteara en las tablas de la ley. El amor a Dios que fija una naturaleza común, el sentido de lo sagrado al no profanar el nombre de Aquel del que habríamos sido hechos a imagen y semejanza y lo hiciéramos presentes en el ritual identitario de las fiestas; honrar a los padres, no excluir a los otros desde la sacralidad connatural a la existencia; como consecuencia, no fornicar usando el otro para el propio regocijo, no dar falso testimonio y ocultar lo que se es en el engaño como forma de vida, codiciar los bienes del  próximo como vía para despojarlo de lo que da significación a su vida y alivio a su soledad. Los mandamientos son, así, la base de la convivencia que llevan a una vida de complementación de unos y otros, en el establecimiento de una jerarquía de valores, en la generación de un sentido de culpa que revela la existencia como un camino hacia el mejoramiento de sí. Cuando Jesús de Nazaret subraya “que un solo mandamiento os doy, que os améis los unos a otros”, revela la existencia como agonía en busca de la santidad. Si bien los hombres no somos iguales, todos podemos, desde nuestras diferencias diversas, emprender el camino de perfección. Cada uno tiene un lugar a partir de las características de su ser individual inserto en la comunidad. Dicho de otro modo, todos nos sabríamos esencialmente vinculados.

Todo lo anterior hace referencia a la religiosidad. Y es que cuando mayoritariamente se pierde la vinculación esencial que imprime en el cuerpo social la fe, se disuelve la esperanza y la caridad se torna un sin sentido. El ser humano va siendo arrojado a la depresión por la falta de vínculo y de reconocimiento, se vive como cosificado,  herramienta para el beneficio de un otro cualquiera, de un Estado, de un corporativo, de un cartel. La vida desacralizada pierde toda trascendencia. Si no hay una verdad trascendental la existencia se extravía en el vacío. Hemos perdido un lugar en el cosmos y en la sociedad, no somos constructores de un tiempo propio, hermos perdido el sentido de un camino propio que es el asiento mismo del sentimiento de la dignidad.

El resultado es vivir en la confusión y el camino a la santidad se ha tornado la ruta hacia la nadificación. La ideología sustituye a la construcción de la democracia, la cultura se pierde en la equivocidad, deja de entenderse la vida como sagrada, y hasta se socializan el suicidio, la eutanasia, el aborto, el silenciamiento del que es diferente, adversario o no. Poco a poco van desapareciendo los valores superiores y el mercado fija lo que vale y lo que no. Porque no hay un lugar para desde él fijar las jeararquías, ya no podrá hablarse de santos, de genios, de vidas ejemplares. He ahí, a juicio mío, cómo se està levantando la Torre de Babel de nuestro tiempo. Las élites de poder, ajenas de lo que conociamos como alta cultura, imponen la barbarie que despojan al hombre y a la mujer más humildes del respeto de sí mismos.

Un orden justo social ha sido siempre la base de la comunicación humana. El orden que proviene de una moral que Moisés plasmara en las Tablas, que Jesús volviera gozoso desde el Evangelio. La entropía se va enseñoreando del mundo He ahí lo que, por cierto, el cine de Ingmar Bergam había anunciado. ¡Qué importante recordar, revivir, “El Silencio”, “Persona”, “Sarabanda!”

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