Número 23. Aquí no es nada

La región del alma

Tomás Calvillo
Dossier
A partir de los recuerdos de su viaje y de su experiencia en el Templo Dorado, el centro de la tradición sij, en la India, Tomás Calvillo analiza los lugares sagrados como sitios enclavados en un territorio específico y como una región, “la región del alma”, que al mismo tiempo que trascienden su propia geografía permanecen en ella de una manera casi inmutable. “La región del alma implica voltear de cabeza el referente geográfico y mostrar que sus límites estén paradójicamente en lo ilimitado. Pero también advertir que ese referente se encarna en un sitio histórico con conflictos particulares”.  

I

En marzo de 1993 llegamos a la ciudad de Amritsar, en el Punjab de la India, 150 personas, la mayoría eran sij provenientes de Estados Unidos y de Europa. Nuestra intención era visitar el Templo Dorado. Sólo íbamos a permanecer 24 horas. Nos acompañaba una partida de soldados del ejército de la India que protegía nuestra estancia. Éramos uno de los primeros grupos de extranjeros que entraba en esa región que durante los años ochenta vivió una guerra. Mi interés fundamental era poder tocar con mi frente el piso del Harmandir Sahib, el lugar donde se venera al Siri Guru Granth Sahib, el libro sagrado de la tradición sij, y poder orar escuchando los cantos de los banis, oraciones y poemas, que conforman el texto cuya primera compilación se realizó a principios del siglo XVII. La experiencia de ese primer viaje la resumí en un poema que hace referencia a las enseñanzas de los 10 guru sij.1

Mi frente toca el mármol
de los días y la noche.

Mi corazón se sumerge
en el agua de la inmortalidad.

La primera oración es de guru Nanak,
la última de guru Gobind Singh;

la primera y la última,
lo sé, son la misma oración.

He llegado al Templo Dorado.
Es mi morada, ya no me iré.

Aquel viaje me dejó una interrogante ¿Por qué sentí que había llegado a un lugar que me era íntimo, al cual me sabía vinculado, a pesar de la distancia física, histórica y cultural? En aquellos días estaban frescas aún en mi memoria las luchas cívicas del movimiento navista de 1991. Lo entendía como un movimiento democrático regional, que había impactado en el país. En el Punjab, también se recordaban las luchas por la autonomía sij frente al gobierno de Indira Gandhi. No había mayor relación entre ambas experiencias, sólo que eran contemporáneas y que representaban a sociedades regionales que enfrentaban decisiones políticas tomadas por las autoridades centrales. Mi relación con Amritsar no era política y sin embargo esa realidad permeaba el entorno de mi experiencia.2

II

Después de 7 años, en marzo de 2000, volví a Amritsar. Esta vez sólo fuimos cuatro mexicanos. Mi anhelo era poder orar otra vez en el Templo Dorado y, sobre todo, lavar su piso, compartir así la seva, el servicio. A diferencia del viaje anterior, la tensión militar había desaparecido, a pesar de las difíciles relaciones con Pakistán, cuya frontera se encuentra a sólo 30 kilómetros. En la región del Punjab, al igual que en San Luis Potosí, se apreciaba una mayor estabilidad política.

Nos hospedamos en la Nivasa, la casa de los peregrinos. Me levantaba a las dos de la mañana, tomaba un baño de agua fría y me arreglaba para ir a lavar los pisos del templo; cubría mi cabeza con una tela de algodón y me quitaba los zapatos para caminar descalzo alrededor del estanque de la inmortalidad.

III

Guru Ram Das, el cuarto guru de la tradición sij, fundó este lugar en 1577; cavó un gran estanque que pronto atrajo a devotos de lugares cercanos y lejanos. El sitio elegido estaba bien ubicado, a 60 kilómetros de la ciudad de Lahore, un punto estratégico en la ruta de comercio entre el norte de la India y el Asia central; una zona de manantiales, de tierra rica para la agricultura.3

IV

De ese bello estanque se extrae agua; con ella se limpia el inmenso patio rectangular que circunda al Templo Dorado. Dos hombres que caminan dentro del estanque nos entregan las cubetas llenas de esa agua considerada sagrada; las tomamos y se las damos a otros dos que sin detenerse arrojan su contenido sobre el piso de mármol, mientras algunas mujeres con escobas barren.

Dos horas dura la tarea de limpieza; a lo largo del recorrido no dejamos de repetir el mantra Wahe Guru. Se debe trabajar rápido y con destreza para no resbalar y sufrir una dolorosa caída. Al terminar se escuchan los cantos que anuncian la entrada del guru Granth Sahib al templo. Una docena de sijs cargan en sus hombros la Palka, el pequeño mueble donde el libro reposa. No llevan una imagen, sino la Palabra, el Nam.

V

El lugar elegido por guru Ramdas, recibió el nombre de Amritsar que significa “El lago del néctar de la inmortalidad”. Amritsar adquirió su centralidad en la construcción de la tradición sij cuando en 1604 guru Arjan edificó el Harmandir Sahib, conocido hoy como el Templo Dorado. Guru Arjan decidió establecer en medio del estanque un dharamsala, un templo para que en él se recitaran las oraciones de los santos hindúes y musulmanes y de los propios gurus sij que guru Arjan reunió en el libro conocido como el Adi Granth.

VI

Al finalizar las labores de limpieza entro en la Harmandir Sahib, me inclino ante el Guru, que es el libro, y busco un lugar para sentarme y escuchar a los raghis cantar. Permanezco cerca de una hora en su interior y decido salir.

Sentado a orillas del estanque lo contemplo a una distancia de unos cien metros. Su esplendor dorado se refleja en el agua. Hombres y mujeres continúan entrando al templo en una procesión que parece no tener fin.

En 1984 los pisos de mármol fueron fracturados por el paso de los tanques de guerra del ejército de la India que asaltó el Templo; cerca de mil sijs, que seguían a su dirigente Brindhawale, fueron asesinados. En 1993, todavía se reconocían las huellas de aquella masacre y destrucción. Hoy sólo está el resplandor dorado de su cúpula; sijs de todo el mundo han aportado una considerable suma de dinero para su reconstrucción.

VII

El antropólogo y estudioso mexicano Guillermo de la Peña, en su ensayo “Territorio y ciudadanía étnica en la nación globalizada”4 dice, en referencia al caso mexicano, que “en el nuevo imaginario cartográfico […] la distinción entre espacios étnico y espacios nacionalizados se ha roto la fórmula mágica que mantenía unidos el territorio, el pueblo y el Estado”.

Desde esa perspectiva, el conflicto de los sijs en el contexto del Estado indio, puede entenderse ―incluso participa en parte― de lo que el propio De la Peña llama ciudadanía étnica “que en primer lugar y en su expresión más simple, se refiere al reclamo de mantener una identidad cultural y una organización societal diferenciada dentro de un Estado, el cual a su vez debe no sólo reconocer, sino proteger y sancionar jurídicamente tales diferencias”, como lo hizo el levantamiento indígena en México el primero de enero de 1994. El conflicto sij de la década de los 80 expresó ese reclamo de respeto a una identidad y a los principios e intereses que ella conlleva.

Los conflictos de esos años también mostraron los límites del Estado indio como operador eficiente y buen mediador, y puso a prueba su sistema democrático. El entorno regional internacional jugó un papel significativo para evitar mayores rupturas. La presencia de China y Pakistán, y el desmoronamiento de la Unión Soviética le recordaron al Estado indio sus posibilidades históricas de sobrevivencia, y en ella el papel estratégico que tiene la población sij, asentada en el Punjab, en los límites con Pakistán, cuyos orígenes entrelazan las tradiciones hindúes y musulmanas.

En 1993, muchos sijs de India mostraban dudas, reparos y hasta cierta resistencia con aquellos sijs norteamericanos, alemanes, y mexicanos que habían adoptado su tradición religiosa. La frontera entre la aceptación o el rechazo era frágil. Sin embargo, además de la propia expansión de su tradición religiosa, descubrieron la importancia de contar con el apoyo de una comunidad internacional en tiempos de graves dificultades, una comunidad próxima que compartía sus creencias y prácticas.

En ese mismo viaje de 1993, nos recibió el Primer Ministro de la India. En los discursos protocolarios se le pidió que el gobierno de la India garantizara la libertad y seguridad de los sijs que provenientes de otros países visitaban el Templo Dorado.

IX

La historia de las peregrinaciones es también la de las migraciones e intercambios culturales y comerciales. No hay fronteras para una fe religiosa y los templos y sitios sagrados que están dentro de los límites de los países, no pueden cerrarse a los creyentes que provienen de tierras extranjeras. Para el creyente, su fe no tiene fronteras, su mapa lo constituye la región del alma.

X

Al interior de los propios países se aprecia la larga continuidad de lugares considerados sagrados que perduran a pesar de las diversas contingencias causadas por cambios de los regímenes políticos.

En México son varios los ejemplos. El caso de San Luis Potosí es ilustrativo. Hace ya tiempo que en ese estado se declaró zona natural protegida el área de Real de Catorce. En ella se localizan los sitios de purificación de los pueblos huicholes que provenientes de Nayarit y Jalisco viajan hasta el Wirikuta, su montaña sagrada. Durante siglos han caminado y cruzados esas tierras al igual que lo han hecho los distintos órdenes virreinales, republicanos, conservadores, revolucionarios, posrevolucionarios.

XI

La región del alma implica voltear de cabeza el referente geográfico y mostrar que sus límites están paradójicamente en lo ilimitado. Pero también advertir que ese referente se encarna en un sitio histórico con conflictos particulares.

La región del alma reconoce en su referente geográfico un sentido significante para la experiencia de la trascendencia. Es la construcción de una región cuyos referentes no están en los condicionamientos económicos o, al menos, no son las coordenadas fundamentales que explican su presencia histórica. Su rostro, o ese llamado “espacio identitario”, se puede reconocer a través de sus creencias y prácticas.

XII

En la tradición sij, al igual que en otras, la lectura del libro sagrado es la piedra angular desde la cual se edifica. El Guru Granth Sahib es el territorio donde se encuentra y se reconoce la nación sij; no compite ni sustituye las constituciones de los Estados nacionales.

Muchas comunidades en el mundo entienden su pertenencia religiosa de esta forma: sus textos sagrados son sus constituciones espirituales; poseen una autoridad que suele tener implicaciones éticas, pero sobre todo subrayan el concepto de trascendencia en un modo fugaz.

La lectura de esos libros es una afirmación territorial en la palabra.

XIII

En la tradición sij, la escucha del sonido, el Nam, la palabra recitada y cantada, cumple plenamente su sentido, su repetición produce la experiencia interna que sustituye a la exégesis.

Todos los días y noches del año se lee el Guru Granth Sahib, ese es el compromiso que conserva al Templo Dorado como uno de los centros que articulan la región del alma sij. En 1984, cuando Indira Gandhi dio la orden de que las tropas del ejército de la India ingresaran en el Templo Dorado, su lectura se interrumpió por vez primera después de muchas décadas; las fronteras de ese territorio fueron violadas. Ese acto terrible fue también el dramático fracaso de los autonomistas más radicales que querían convertir esa región del alma en un nuevo estado nacional, reduciendo su tradición espiritual a un territorio determinado por conformaciones políticas históricas.

XIV

Desde mi memoria contemplo la belleza del Harmandir Sahib. Afuera, en la ciudad, las diferencias sociales son crueles; la pobreza, la suciedad, la falta de salubridad, lacerantes. En el templo, sin embargo, todos son iguales a los pies del Guru Granth Sahib. Las mujeres muestran su dignidad y belleza en el vestir y los hombres encuentran un espacio de reconciliación y serenidad.

La seva, el servicio, se comparte y es una obligación y un honor realizarlo, lavando los pisos o dando de comer a quien lo necesite. La seva, el langar (la cocina comunitaria), el kirtan (la recitación de las oraciones), el caminar descalzos en el templo, el mantenerlo limpio, son las prácticas que sostienen día a día la tradición sij. Practicas externas, pero que implican un acercamiento interno.

Lavar el piso de mármol en la madrugada es una forma de agradecer; se realiza para que otros muchos puedan orar junto al Guru Granth Sahib:  una experiencia interna, individual y comunitaria. Esas prácticas son las que delinean los contornos de una región, prácticas y creencias que en lo fundamental casi no han variado al paso de los siglos; no así su entorno: pueblos, reinos, imperios, estados nacionales.

1 Según Balawant Sing Dhillon, “los sucesores de gurú Nanak [el fundador del sijismo] no sólo fueron sus herederos, fueron encarnaciones de su espíritu […] Físicamente distintos, creían ser uno en el espíritu (¡yot) y poseedores de la misma luz”, “Formation of Early Sikh Identity”, Journal of Regional History, Departement of History. Guru Nanak Dev University, vol. III, Ambrisar, 1995.

2 En la década de los ochenta se desarrolló en el Punjab un movimiento autonomista que se propuso la creación de un Estado sij independiente, el Kalistán (La Tierra de la Pureza). La represión que desencadenó el gobierno de Indira Gandhi dejó cerca de 80 mil muertos. Para el caso de San Luis durante aquellos años, cfr. Tomás Calvillo, “A case of opposition unity: The San Luis Potosí Denocratic Coallition of 1991, Subnational Politicas and Democratization in Mexico, Center for US-Mexican Studies, University of Cakiornia, San Diego, 1999, ed. Wayne A. Cornelius, Tod A. Eisenstdt y Jane Hindley.

3 Amritsar se convierte en un nodo agrícola comercial a partir del siglo XVII.

4 Publicado en Desacatos. Revista de antropología social, CIESAS, México, primavera 1999.

Suscríbete a nuestro newsletter y blog

Si quieres recibir artículos en tu mail, enterarte de nuestros próximos lanzamientos y apoyar nuestra iniciativa, suscríbete a nuestro boletín mensual para que lo recibas en tu correo.
¡Gracias por suscribirte!
Oops! Hubo un error en tu suscripción.