Número 23. Aquí no es nada

La pedagogía y enseñanza de “el lugar”

Juan Carlos Mansur
Columna

Lugares que sanan, lugares que enferman, unos que nos invitan a permanecer, nos despiertan a la creatividad y nos animan y otros nos desaniman, lugares de los que queremos salir porque nos hacen sentir que no somos de ahí ¿por qué es esto si el espacio como realidad geométrica es neutro y debería valer siempre lo mismo para quienes lo habitamos? La respuesta está en que no vivimos en el espacio de la física, en la experiencia humana, vivimos el espacio como un lugar, sitios cargados de significado que nos hacen sentir cercanos o lejanos a las cosas y personas que nos rodean.

La visión del espacio como una realidad homogénea y uniforme es quizás la responsable de que no se enfatice en el hecho de que los lugares son ámbitos formadores de la persona y de aprendizaje. Los lugares contribuyen a nuestra humanización cuando están bien dispuestos, organizados, y son fuente de sentido para quienes ahí se dan cita. Por el contrario, un lugar mal diseñado, o la fractura de un lugar que era fuente de significado, termina por acabar con el sentido de las personas y las comunidades. Y es que los lugares son espejo, reflejo de nuestro espíritu: vivimos el espacio como vive el alma, por eso aprender los lenguajes del alma ayuda a comprender la vivencia del espacio y viceversa: una sonrisa, una mirada, una ventana, estrechar la mano, abrir una puerta, cubrirse el rostro, una celosía, son manifestaciones de relación entre la arquitectura y la corporeidad. Santa Teresa nos da en sus Moradas una cátedra de la vivencia de los distintos apartados que hay en el alma, lo mismo que de la vivencia y organización de los lugares físicos. Esta misma idea de intimidad y de dimensiones del alma y de la ubicación de las alcobas, es la que ayuda a comprender que existen en nuestra realidad externa, espacios privados, íntimos donde no cualquiera entra, y de ahí se da una gradualidad hasta llegar a los espacios públicos que compartimos abiertamente con todos, forma exterior de las dimensiones de nuestra interioridad corporal, psíquica y anímica como personas.

Decía Anselm Grün que en la Edad Media los monjes cantaban alabanzas a la celda, Cella est coelum decían, “la celda es el cielo”, porque en ella se entretenían y familiarizaban los monjes con Dios, ‘ahí se hace presente’, decían. De igual manera hablaban de la celda como un sanatorio, Cella est valetudinarium que permite recobrar la salud y la cercanía curativa y amorosa de Dios. La salud que proporcionan los lugares la descubrió también la pedagoga Montessori quien observó que la correcta disposición de un lugar, el organizarlo para que ahí encontrara el niño lo que su desarrollo personal iba necesitando, era fundamental para su aprendizaje y para su “normalización” en palabras de la propia pedagoga. Esta concepción del ambiente preparado está en sintonía con las propuestas fenomenológicas de la vivencia del espacio y con los hallazgos de investigadores de la arquitectura, quienes hacen ver que el diseño de los espacios debe estar en relación con la intencionalidad de quien sale al mundo al encuentro de un lugar que funde y da sentido a sus necesidades espirituales. Es por esto que los lugares bien dispuestos atraen, porque en ellos encontramos un sentido y saciedad a nuestros deseos y "necesidades" humanas.

La vivencia de los lugares es diversa, y cada una contribuye a formar en distintos aspectos a las personas, además de las ya mencionadas, están por ejemplo la experiencia del Genius Loci que es formativa, porque cuando se aprecia un lugar como una realidad de orden espiritual brota una fuente de sentido y significado que mueve a la conformación de ciudades, como lo comprendieron los romanos. De igual manera la vivencia de un espacio como habitable, contribuye a la formación de la persona porque en el habitar está el ser e identidad de la persona que ahí vive, como expresa Heidegger cuando vincula el verbo bauen con el bin. Otros ejemplos donde podemos comprender el potencial de aprendizaje y formación del habitar está en nuestra vivencia y contemplación del paisaje natural, porque el paisaje edifica nuestro estado de ánimo, el Stimmung que menciona Siemmel, nuestro Kimochi, como lo expresa Watsuji. La naturaleza contribuye aún más a nuestra formación cuando reconocemos y vivimos ahí las “hierofanías”, manifestaciones de lo sagrado, que no sólo “cosmizan” como diría Mircea Eliade, sino que sacian nuestra sed ontológica.

La crítica a la urbanización deshumanizante que hicieron Simmel, Marx, Benjamin, Adorno, expresaba que cuando a un lugar se le priva de su valor simbólico y sus significados en aras de beneficios meramente materiales, cuantificables y económicos, desprovistos de espíritu, terminan por vaciar de sentido a los lugares y a las personas que ahí vivían y que encontraban en los lugares la respuesta a la búsqueda de sentido que brotaba de su espíritu que iba a la búsqueda del encuentro, del arraigo, de la tradición histórica, de un hogar, de un Dios.

Los lugares que pierden sentido y belleza son como tierra yerma donde nada crece ni da fruto. Hay que aprender a vivir y convivir con los lugares, y en los lugares. De ahí la necesidad de sensibilizarnos a encontrar y cuidar del lugar. Mucho se ha escrito sobre cómo los espacios mal diseñados o descuidados pueden orillar al malestar físico o a la enfermedad, incluso a la depresión y a la violencia, lugares donde nada florece, ¿Puede algo bueno salir de Nazaret?, se preguntan los textos sagrados, como la flor de Loto que logra florecer en agua estancada, quizás sólo lo divino tiene el poder de surgir aún en los lugares más inhóspitos, y como no siempre empatamos con lo divino, conviene estar atento a encontrar nuestro lugar y preservarlo, porque en el cuidado y embellecimiento de los lugares, se da el embellecimiento y la mejora de nuestra propia humanidad.

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