Número 23. Aquí no es nada

El lugar del corazón

Mauricio Ortiz
Miscelánea
En su larga meditación del corazón, de la que hemos publicado varios textos en Conspiratio, Mauricio Ortiz nos habla del lugar que ha tenido el corazón en la historia humana y de su pérdida a partir de los descubrimientos médicos de William Harvey en el siglo XVII y de la cardiología moderna.

El corazón tiene muy claro su lugar y si nos preguntan dónde está, automáticamente y desde niños cubrimos con la palma de la mano derecha la parte superior izquierda del pecho, por arriba de la teta. Llevamos ahí la mano cuando queremos indicar que nos rebasa el sentimiento, cuando queremos sellar una promesa o simplemente cuando queremos decir “yo”. En muchos países se hace el gesto al cantar el himno nacional, incluyendo a México, si bien aquí llama la atención que la mano, en vez de plana, se coloca perpendicular a la superficie del pecho, como guardando de la lluvia o el sol el lugar del corazón en lugar de cobijarlo.

Poco importa que dos terceras partes del órgano palpitante se localicen a la izquierda del plano sagital del cuerpo, el corazón siempre está en el centro de las cosas, es el centro. El dedo cordial, el corazón del bosque, el corazón del argumento, el corazón de la luz, el corazón de la alcachofa.

Es un lugar profundo. “Pero no hay sosiego en el fondo de mi corazón —escribe Bernado Soares—, pozo viejo al final de la finca vendida, memoria de infancia encerrada entre el polvo del sótano de la casa ajena.”1 Sentimos, decimos, amamos “desde el fondo de mi corazón.”

El corazón es además un lugar elástico. Puede ensancharse, después de una apasionada comilona o un coito opíparo, y puede comprimirse, apretarse en un puño, con un susto tremendo o una noticia pésima.

A menudo es un lugar luminoso, como el corazón de O-Gin en el cuento homónimo de Ryūnosuke Akutagawa: “un campo fértil de trigo maduro mezclado con rosas silvestres,”2 pero a veces lo define la oscuridad, como en la jungla de Conrad: “…el brillo de la lejanía entre los lóbregos recodos, el redoble de tambores, regular y apagado como el latido de un corazón... el corazón de las tinieblas vencedoras.”3

A veces el corazón es un lugar acuático. San Agustín habla de que “se agitaron las olas de su corazón,”4 mientras que por la mañana Dante reconoce que se le ha calmado el miedo que había perdurado la noche entera “en el lago del corazón.”5 En el Viaje de invierno, la canción de Schubert con versos de Wilhelm Müler, sobre la superficie congelada del río el joven triste y despechado le pregunta a su corazón si no reconoce en este arroyo su imagen, “¿acaso también se hincha con tanta violencia bajo la capa de hielo?”6 “Donde no hay mar que corra —canta Dylan Thomas—, las aguas del corazón / Elevan sus mareas.”7

En un curioso poema isabelino, La Isla Púrpura8 de Phineas Fletcher, el corazón es una ciudad. En la Provincia media del cuerpo, la ciudad-Corazón extiende sus grandes decretos a los pueblos vecinos, a quienes la ligan cintas o bandas, veredas, “seguras y amigables”. Como “aquella estrella” que eleva “su gloriosa silla a la mitad del cielo” e ilumina aquí en la tierra la “muerta oscuridad”, así es esta bella ciudad en sus fines y lugar, en su estado y ministerio, por lo que los antiguos sabios acertaron al intercambiar los nombres, llamando al sol el corazón del cielo y corazón a la luz del mundo terrenal.

El mismo año en que se publicó en Londres La Isla Púrpura, 1633, algo ocurrió en el norte de Irlanda que andando el siglo permitiría asomarse a aquella ciudad-Corazón, el sol del cuerpo, en vivo y en directo. Hugh, de 10 años de edad, que llegaría a ser tercer vizconde Montgomery y primer conde de Mount Alexander, sufrió una caída, al parecer del caballo, que le fracturó el costillar izquierdo. El resultado fue un gran absceso que permaneció supurando por largo tiempo y que al final cicatrizó dejando un considerable agujero en el costado:9

Entre los 18 y los 19 años de edad —dejó escrito William Harvey—, este joven noble, tras viajar por Francia e Italia, llegó a Londres con una cavidad abierta muy grande en el costado, a través de la cual, según se creía, se podían ver y tocar los pulmones. Cuando se le contó esta circunstancia como algo milagroso a Su Serenísima Majestad el rey Carlos [I], este me envió inmediatamente a visitar al joven para que pudiera determinar el verdadero estado del caso.10

Harvey saludó a un joven bien desarrollado, de buen aspecto y excelente constitución, lo que en una primera instancia le llevó a pensar que todo aquello no era más que una fábula, hasta que el joven se descubrió el pecho y, retirando una placa metálica que llevaba como protección, le mostró la extrañísima secuela:

Encontré —continúa Harvey— un gran espacio abierto en el pecho, en el que pude introducir fácilmente tres dedos y el pulgar; una vez hecho esto, percibí inmediatamente una cierta protuberancia carnosa, afectada por un movimiento alternativo de extrusión e intrusión; toqué suavemente esta parte.11

Los historiadores coinciden en que el encuentro tuvo que haber ocurrido en noviembre de 1641, aunque no se sabe exactamente dónde, si en Hampton Court, en Oxford o incluso en Edimburgo, y sólo cabe imaginar el asombro del sabio que un cuarto de siglo atrás había comenzado su crucial tratado De Motu Cordis con la afirmación de que el corazón debía examinarse mientras estuviera vivo, pero encontrando:

…la tarea tan ardua y tan llena de dificultades que casi me sentí tentado a pensar, como Fracastoro, que el movimiento del corazón sólo podía ser comprendido por Dios. Porque al principio no podía percibir correctamente cuándo se producía la sístole y cuándo la diástole, ni cuándo y dónde se producían la dilatación y la contracción, debido a la rapidez del movimiento, que en muchos animales se realiza en un abrir y cerrar de ojos, yendo y viniendo como un relámpago.12

Ahora el lugar del corazón, aquel lugar cerrado y misterioso, reservado a los ojos de Dios, estaba de pronto abierto y, literalmente, al alcance de la mano.

Asombrado por la novedad de tal estado, lo examiné todo una y otra vez, y cuando me convencí, vi que se trataba de una úlcera antigua y extensa, más allá del alcance de la medicina, pero que milagrosamente había curado, ya que el interior estaba recubierto por una membrana y los bordes protegidos por una piel resistente. Pero la parte carnosa (que a primera vista tomé por una masa granulomatosa, y que otros siempre habían considerado como una parte del pulmón), por sus movimientos pulsátiles y el ritmo que llevaban con el pulso —cuando los dedos de una de mis manos se aplicaban a ella, y los de la otra a la arteria de la muñeca—, así como por su discordancia con los movimientos respiratorios, vi que no era una parte del pulmón lo que estaba manipulando, sino el ápice del corazón, cubierto por una capa de carne fúngica a modo de defensa externa, como suele ocurrir en las úlceras viejas y purulentas.13

Más que informar de sus hallazgos, Harvey decidió llevar al joven Hugh ante el rey para mostrarle aquel prodigio y que pudiera contemplar con sus propios ojos “este maravilloso caso”.

Todas las mañanas un sirviente lavaba la oquedad con chisguetes de agua tibia, para después colocar la placa metálica que le permitía al futuro vizconde y conde llevar una vida normal y sobradamente activa, pues en su momento comandaría tropas realistas en las refriegas de la guerra civil inglesa (1641-1688) e iría a la cárcel y el exilio y de regreso antes de morir súbitamente, por causas desconocidas, el 15 de septiembre de 1663, a los 40 años.14

La azarosa ventana al lugar del corazón ya no volvería a cerrarse, aunque tendrían que pasar tres siglos para que llegara la irrupción definitiva, con la ayuda del bisturí, en aquel lugar cerrado y profundo, acuático y candente, elástico, luminoso y oscuro, sagrado, centro de todas las cosas.

El 29 de noviembre de 1944 el equipo formado por la cardióloga pediátrica Helen Taussig, el cirujano Alfred Blalock y el técnico de laboratorio Vivien Thomas llevaron a cabo en la Universidad Johns Hopkins la primera operación exitosa dirigida a contrarrestar los defectos hemodinámicos de la tetralogía de Fallot,15 la malformación congénita que provoca el síndrome del “niño azul”: estrechez de la válvula pulmonar, con reducción del flujo de sangre venosa hacia los pulmones; hipertrofia consecuente del ventrículo derecho; comunicación interventricular; aorta cabalgante, es decir una aorta cuya luz se superpone a los dos ventrículos. El resultado es que la sangre de estos niños circula con poca oxigenación y eso se ve en los labios morados, azules, y en los dedos de las manos y los pies, también morados o azules, además de que se cansan con cualquier cosa, les cuesta mucho crecer y mueren pronto. La cirugía, que se conoce desde entonces como derivación Blalock-Thomas-Taussig, no llegó todavía al zócalo de la ciudad-Corazón sino ocurrió en los suburbios. Lo que se les ocurrió hacer fue conectar una de las arterias subclavias, que irrigan los brazos, a una de las ramas de la arteria pulmonar, que lleva la sangre del ventrículo derecho a los pulmones para ser oxigenada, dando así un rodeo al defecto principal. La operación de Eileen Saxon, de 15 meses de edad —al terminar las suturas Blalock miró a la niña y dijo a sus colegas: “mira esos labios rosados”—, causó tal revuelo que un año después el equipo médico de Hopkins había realizado más de 200 derivaciones y fue el banderazo de salida en la frenética carrera por alcanzar la cima del que hasta entonces se consideraba un imposible Everest de la medicina. “La cirugía cardiaca —había opinado en la década de 1890 el cirujano inglés Stephen Paget, heredero directo de la sabiduría harveyana— probablemente ha alcanzado los límites impuestos por la naturaleza a toda cirugía. Ningún método, ningún nuevo descubrimiento, puede superar las dificultades naturales que conlleva una herida en el corazón.”16

La historia contradijo al doctor Paget y la verdad es que ya estamos tan acostumbrados a oir de cirujías “a corazón abierto”, de baipases y esténs coronarios, de circulación extracorpórea y valvuloplastías, de transplantes de víscera cardiaca, que hoy el lugar del corazón más parece un mall con grandes ofertas, últimos gritos de la moda y anuncios de neón, preferentemente rojos o rosados. El mall-Corazón y el logotipo correspondiente, una mano sobre el pecho prometiendo vida eterna y meses sin intereses.

1 Fernando Pessoa, Libro del desasosiego, Acantilado, Barcelona, 2002, p. 54, trad. Perfecto E. Cuadrado.

2 Ryūnosuke Akutagawa, “O-Gin”, en Rashōmon and 17 Other Stories, Penguin, Nueva York, 2006. p. 85, trad. Jay Rubin.

3Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, Contemporánea/Debolsillo, México, 2003, p. 121, trad. Sergio Pitol.  

4 San Agustín, Las confesiones, en Obras II, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1979. Capítulo VI, p. 326, texto bilingüe, ed. Ángel Custodio Vega.

5 Dante Alighieri, Inferno, Canto I, 19-21, en La Divina Commedia, Heath, Bostón, 1933, p. 13, ed. C.H. Grandgent.  

6 Wilhelm Müller, “En el río”, en Viaje de invierno, Acantilado, Barcelona, 2003, trad. Andrés Neuman.  

7 Dylan Thomas, “Light breaks where no sun shines”, en Poems of Dylan Thomas, New Directions, Nueva York, 1953.

8 Phineas Fletcher, The Purple Island, with the Piscatory Eclogues and Poeticall Miscellenie. Renascence Editions. https://www.luminarium.org/renascence-editions/island/ (Consultado el 13·11·2025).

9 Henry Paton (1894), Dictionary of National Biography, 1885-1900, vol. 38, Smith, Elder & Co., Londres, pp. 315-316, ed. Lee, Sidney.

10 William Harvey, On Animal Generation, en The Works of William Harvey, M.D., Sydenham Society, Londres, 1847, p. 383, trad. del latín Robert Willis.  

11 Ibid.

12 Harvey, An Anatomical Disquisition on the Motion of the Heart and Blood in Animals, en The Works of William Harvey, Capítulo I, p. 19, Sydenham Society, Londres 1847, trad. del latín Robert Willis.  

13 Harvey, On Animal Generation, ed. cit., p. 383.

14 Henry Paton, op. cit., p. 316.

15 Cfr. Vivien Thomas, Partners of the Heart, University of Pennsylvania Press, Filadelfia, 1998; Roy Porter, The Greatest Benefit to Mankind. A Medical History of Humanity, Norton, Nueva York, 1997.

16 PBS Shows, Heart in History. https://www.pbs.org/wgbh/americanexperience/features/partners-heart-history/ (Consultado el 31·10·2025).

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