Número 23. Aquí no es nada

Editorial

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Cuando buscábamos el título que encabezaría el presente número, Mauricio Ortiz contó una anécdota: hace años había a la entrada de Tepoztlán un prostíbulo muy socorrido. Un día cerró. Pese a ello, la clientela volvía constantemente. Harto de tener que dar explicaciones, el cuidador del predio optó por poner a la entrada un gran letrero que decía: “Aquí no es nada”. La frase, llena de inquietantes resonancias, expresa el espíritu que anima el contenido de este número dedicado al “lugar”. De allí que lo hayamos adoptado como título, agregando un subtítulo que lo explicita, “La pérdida del lugar”.

A diferencia de lo que seguramente pensaron el hombre que escribió el letrero y los clientes, el lugar lo crea su función. Desde que el prostíbulo dejó de existir, el lugar se redujo a “nada”, es decir, a una pura espacialidad que aguarda una nueva función que le devuelva su condición de lugar. Para los editores de Conspiratio, esta percepción es producto de una construcción histórica que nació con la idea del espacio newtoneano y que los desarrollos del industrialismo, el mercado global y los medios de comunicación potenciaron imputándonos necesidades homogenizadas. Si, para los editores de Conspiratio, el “aquí”, ese adverbio de lugar, se volvió nada, no es porque el “aquí” haya dejado de tener una determinada función, sino porque esa idea moderna destruyó el sentido que durante milenios ha tenido el lugar: la forma en la que una cultura se encarna y que, dice Jean Robert en el artículo que de él publicamos, está impregnado de cualidades táctiles, aromas, sabores, recuerdos, colores, sombras, ritmos, sonidos, y relaciones humanas y de soporte mutuo nacidos de una comunidad, un sitio amable y acogedor, moldeado por años de amoroso cuidado.

Lo que la sociedad moderna llama hoy lugar, es en realidad la universalización y estandarización de espacios planificados por instituciones modernas y profesionales —ya sean prostibularias, hospitalarias, educativas u otras— que nos desapropian de nosotros mismos, de nuestra libertad de habitar y de nuestras relaciones más profundamente humanas, complejas y diversas. Hoy, ya no hay casi lugares, sino conjuntos de funciones que han invadido al mundo y que sólo se reconocen por la función que realizan: torres de refrigeración, estacionamientos, agroindustrias, escuelas, hospitales, desarrollos habitacionales, supermercados, prostíbulos y megalópolis. En un mundo uniformizado y reducido a demandas el “aquí no es nada”.

Los artículos que forman parte de este número están dedicados a pensar el lugar, su dolorosa pérdida y su resistencia.

 

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