Javier Cercas, El loco de Dios en el fin del mundo, Random House, México 2025.
La invitación que da inicio a esa aventura que es el libro El loco de Dios en el fin del mundo sorprende y fascina. Javier Cercas —ateo, anticlerical, laicista— fue invitado en mayo del 2023 por el Vaticano a acompañar al papa Francisco en una visita apostólica a Mongolia. Le abrieron además las puertas para que entrevistara a quien quisiera en Roma (quiero decir, de entre los colaboradores directos del papa) y le pidieron a cambio un texto libre en el que registrara su vivencia.
Cercas no tardó en darse cuenta de que, periodistas aparte, se trataba de una invitación históricamente inédita y de una oportunidad imperdible para cualquier escritor. Pero la acepta por razones diferentes a las de quienes lo convocan; por razones entrañables, tiernísimas, de tipo familiar. Su madre viuda, nonagenaria, enamorada desde la adolescencia de su padre, sueña con volver a ver a su esposo después de la muerte y Cercas le ofrece entrevistar al papa al respecto para traerle de regreso del viaje ¡vaya regalo! la respuesta papal. Al pontífice, nos dice, se le suele interrogar sobre cuestiones de orden político, económico o social. A menudo se le pregunta sobre las guerras, las migraciones, el futbol o el cambio climático; pero pocas veces se le entrevista sobre los temas espirituales en los que su voz tiene autoridad. El escritor español se propone si logra estar a solas con Francisco unos minutos no caer en dicha desviación. Al papa lo que es del papa…
Aunque la dificultad técnica y logística de aceptar la invitación no era poca, su reto fundamental era de orden psicológico y moral. Consistía en limpiarse los ojos para no entrar, como casi cualquier español, cargado de odio o de fervor al Vaticano. Se trataba simplemente de observar, de escuchar para comprender, de una encomienda de empatía; de algo que debiera figurar en el decálogo de actitudes básicas todos los creadores humanistas.
Si a través de la lectura y del arte completamos nuestra limitada visión de la vida con la perspectiva de los otros —vivir más de una vida, mil—, lo hacemos a condición de escuchar sin juzgar, de comprender no sólo a las personas sino también a las tradiciones y organizaciones humanas milenarias, como la Iglesia.
La aventura incluye días previos y posteriores al viaje, en Roma. Tiene pues tres partes: Roma, Mongolia y Roma.
En la primera parte, la mirada limpia —crítica y libre— de Cercas le permite por ejemplo descubrir al Cardenal Tolentino, considerado el mejor poeta vivo en lengua portuguesa; se sorprende por su cultura, su disposición a la convivencia y su calidad humana. Dialoga también sobre los límites de la fe y la razón con el jesuita Espadaro. Se amiga con ellos como se amigaría después con no pocos personajes a los que llama los soldados de Bergoglio. Apellidos como Ruffini, Tornielli y Fazzini se vuelven recurrentes en un texto lleno de leitmotivs, acompañan la aventura de Cercas y van atrapando poco a poco también a sus lectores.
Cada uno de ellos devela al autor un aspecto de la compleja personalidad de Bergoglio —curiosidad, humor, filosofía, visión de la Iglesia, estilo de liderazgo— al tiempo que lo sumerge en un nuevo misterio sobre el papa.
Palabras como “sinodalidad”, “dicasterio” o “consistorio” que rigen la vida de la iglesia y otras más que como “discernimiento”, “consolación” o “desolación” o “gracia” que refieren el corazón de sus fieles van ganando familiaridad en la mente del lector al tiempo en que le permiten adentrarse en el misterio del papa.
Destaco, de entre las revelaciones que estas conversaciones romanas le regalaron a Cercas, tres decisiones que hablan del estilo de gobierno del papa Francisco: el despido del Cardenal Sodano, decano del colegio cardenalicio, la limpieza de las finanzas vaticanas y, de manera muy especial, el nombramiento inesperado de Víctor Manuel, “el tucho”, Fernández como prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la fe.
Fernández había sido investigado (léase perseguido) por dicha instancia; había sufrido en carne propia su “fraternal” presión por años. Además de ponerlo justo allí, a comandar tan controvertida función, Francisco se propone transformar el dicasterio para que, en lugar de combatir la heterodoxia y los desatinos teológicos, sea un centro de investigación capaz de incorporar las voces y hallazgos de las nuevas teologías. De esto último Cercas se entera a su regreso a Roma, entrevistando a fondo al propio cardenal Fernández.
Mención aparte merecen los muchos misioneros que en el fin del mundo acompañan la vida de los marginados. Ellos despiertan en Mongolia la admiración honda y sincera del autor y le regalan la más profunda lección de eclesiología, Evangelio y vida. En ese grupo se mezclan nombres italianos como el de Giorgio Marengo y el del temperamental padre Giovanni, radical oblato de María Inmaculada, con muchos más como el del padre Velásquez y la catequista autóctona Dagvadori Ozdaya; figuran también Peter Sanjajay, el del padre Ernesto (quizás el más entrañable para Cercas) y el del propio cardenal Marlengo, estos dos últimos, misioneros de la Consolata.
Sus nombres —hay que decirlo— se suman a los de miles que a diario y en todo el mundo entregan su vida para promover la dignidad y la salud de los excluidos; a los muchos que entregan lo que tienen, saben, pueden y son para promover el florecimiento de otros. Pienso en Marcella Catozza o en el cardenal Diudonné Nzapalainga, en Conrado Dalmonengo, en Lourdes Larruy, o en Verónica Villegas. Hay, es cierto, un ejército silencioso invaluable que enorgullece a la Iglesia y al mundo, que ennoblece lo humano y que lo exalta.
Ya en Mongolia, Cercas interroga una y otra vez a los misioneros, incrédulo. Le cuesta trabajo creer que no se dediquen a convencer a nadie de nada, que sus vidas no tengan que ver con administrar sacramentos, ampliar el número de creyentes o propagar su doctrina; se entregan única y bravamente a cuidar, mejorar y consolar la vida de los expulsados por la sociedad.
El proselitismo, afirma el autor, quedó atrás en la historia de la Iglesia. Con ello, pienso yo, de paso nos curamos de colonialismo y eurocentrismo.
El impacto que generan los misioneros en Cercas es en algunos casos mayor al que le genera el papa. Asegura reiteradamente tener la solución a todos los problemas de la Iglesia: todos misioneros. (Reconforta pensar que la convicción de una Iglesia misionera estuvo en la visión de Francisco, como lo está ahora en la de León XIV, él mismo, misionero).
Si el clericalismo, es decir la convicción de que alguien por ser sacerdote o religioso es superior a los demás, es un cáncer de la iglesia que subyace a no pocos de sus pecados como el abuso de poder y el abuso sexual, el proselitismo, al menos como lo entendíamos, constituye una falta de respeto al otro y a su núcleo más profundo de convicciones. Ambos pecan antes contra la noción —cristiana, por cierto— de igualdad en dignidad de todos los seres humanos.
De Francisco, quien resultó ser más anticlerical que Cercas y por mejores razones, el español construye ya hacia el final del libro una biografía espiritual profunda, como quizás no se haya visto. Nos permite encontrarnos con las muchas facetas de un hombre complejo, marcado por el misterio y por la gracia; la fortaleza de su debilidad, su mirada cargada de asombro y de curiosidad, la autoridad que emana de la renuncia radical al poder, su saberse pecador, su timidez y la capacidad de convertirla en entusiasta comunicación, su estar crucificado entre la institucionalidad jurídica y la Iglesia de Cristo, su vida espiritual, sus culpas, sus milagros, sus silencios... Tal vez Francisco —sintetiza Cercas recordando la citada visión que Arendt tuvo de Juan XXIII— no haya sido más que un cristiano verdadero sentado en la silla de San Pedro.
Emocionado por el libro y con estas ideas en el corazón tuve la oportunidad de conversar con Javier Cercas durante la gira de presentación del libro en México en julio del 2025. Si él logró finalmente hablar a solas con el papa, yo tenía la oportunidad de hablar con él, ocasión que me llenaba de ilusión, entusiasmo y alegría.
También estaba nervioso; pero supe sólo por la manera en que estrechó mi mano cuando me lo topé inesperadamente, antes de la entrevista, que todo iría magníficamente. Hay veces y hay personas con las que un gesto así les basta.
A través del libro mismo y libres del pecado original, el de creerse superior o inferior a nadie, fluimos increíblemente en el vasto universo del humanismo.
Me asombró encontrarme con un cerebro tan bien amueblado, con su velocidad mental, su amplia cultura católica, su capacidad de escucha y la sinceridad de sus carcajadas y de sus respuestas. Nunca alargó innecesariamente una contestación y en no pocas ocasiones me respondió lanzando un “no sé” o un “precisamente.”
Hablamos del humor como virtud espiritual, de Cioran, de Nietzsche y de su aversión a la solemnidad, de Hannah Arendt y su visión del ateísmo, de Luis Buñuel y de su amistad con el dominico Julián Pablo, de la fe como un don, del misterio.
Comparamos su aventura en Mongolia con los años de expiación que el propio Francisco vivió en los años noventa en la ciudad de Córdoba a raíz del caso Jalics-Yorio, que lo acompañó toda su vida. Me habló de la manera en que este libro fue en esencia un retiro que lo transformó y educó en el respeto por los creyentes a los que confesó incluso envidiar.
Pude degustar el inconfundible sabor de la gracia y la empatía, me sentí escuchado y escuchando, crecientemente entusiasmado. En pocos minutos uno de esos milagros —misterio gozoso— de los que sólo ocurren cuando se tienen los ojos limpios y el corazón dispuesto.
Y yo me quedé pensando que hay diferentes maneras de creer o de no hacerlo, que es posible que la línea entre creyentes y ateos no sea tan relevante ni tan gruesa como nos la han hecho imaginar; que los creyentes tenemos derecho a dudar como los ateos a dudar de sus dudas. Puede ser incluso que tener momentos de oscuridad y desolación —San Ignacio dixit— sea parte del itinerario espiritual de cualquiera, como lo supieron también los místicos. Lo que es un hecho es que, vencida la tentación de la superioridad/inferioridad y cumpliendo los periodos cordobeses de retiro y expiación, se construyen mundos más cercanos a lo humano. La amistad —lo pensaba Francisco y lo avala Cercas— está honda y raramente vinculada con la fe.
Desde su amplio y polivalente territorio podemos incluso soñar en una Iglesia como la de Jesucristo para quien importaba, muy por encima de la doctrina, el apostar la vida por amor, la inclusión de los marginados y la justicia.
